Advertencia: Posee contenido adulto y lenguaje explícito.
Solo para mayores de 18 años.
El escritorio daba marco a los cuatro manuscritos alineados, uno al lado del otro. Toda la habitación estaba perfectamente acomodada, pulcra y silenciosa. Son las últimas horas de la tarde. La oficina está oficialmente cerrada al público.
Sobriedad en el orden estricto del escritorio. Una lámpara, el lapicero, un sacapuntas de metal, el teléfono con intercomunicador y un canasto de metal en donde descansan algunos dosier. Un tarjetero de tambor, y la agenda de cuero con el logo de la empresa “Cullen y Asociados”.
Al lado, una mesa contenía el ordenador, la impresora con algunas hojas en la bandeja y la máquina de escribir.
La alfombra azul, amortiguaba el paso de la secretaria.
Con andar elegante camina, no… se desliza cruzando y descruzando sus largas piernas cubiertas por delicadas medias de tinte oscuro. Sus pies enfundados en unos clásicos estiletos negros de 15 centímetros, dan marco a sus caderas estrechas, vestidas por una falda negra tubo, que le llega apenas arriba de la rodilla. Por encima una blusa de seda blanca que sugerentemente se pega sobre sus pechos túrgidos y juveniles.
Todo sería normal, a menos de que uno no observara la barra de metal liviana que cruzada sobre los hombros de la joven, sostienen unos grilletes de cuero negro con hebillas, sujetando sus brazos en extendida posición. Su cuello largo y delgado está cubierto con un grueso collar del mismo material y la argolla de metal brilla en cada paso. Su postura en símil crucifixión, no parece molestarle. Se diría todo lo contrario al ver su semblante tranquilo, adornado por el mohín que asemeja al de la Mona Lisa. Tal vez ella conoce el secreto oscuro que deslumbra en la pintura de Da Vinci, tal vez solo es un reflejo de su propia satisfacción o solo es un espejo del hombre que tras la mampara de vidrio esfumado, observa su ritual con la misma sonrisa.
Se acerca al escritorio. Como un frágil tallo gira su cintura para alcanzar con sus manos el encendido de la lámpara. El recinto se ilumina en un claro fulgor, mientras tras el ventanal, él la vigila. Ella se sabe observada, pero la disciplina la ha adoctrinado perfectamente a realizar las tareas que ahora la acogen sin la más mínima equivocación.
Un grupo de hojas, esperan perfectamente acomodadas con la engrampadora blanca ubicada exactamente donde deberán ser abrochadas. Ella se arrodilla y con el mentón acciona el mecanismo, ajustando la pila en un perfecto movimiento. Su talle vuelve a inclinarse para coger los papeles en sus manos suaves. Un escrito asoma de la impresora y agachándose en ángulo recto, coge la hoja entre los dientes con cuidado de no manchar el papel con su labial rojo intenso.
Regresa por el pasillo con el mismo paso sinuoso, no sin antes detenerse sobre la mesada alta de la cocina, para ponerle dos cucharas de azúcar a la humeante taza de café que segundos antes había servido. El brebaje oscuro y espeso, tal como a él le gusta, descansa en un plato de porcelana blanca con ribetes dorados. Toma una pequeña cuchara y revuelve la mezcla, para luego tomar la pieza entre sus delicados y finos dedos.
El hierro con que está amarrada, mantiene su espalda recta, su busto erguido y su cabeza en alto. Y aún con la incomodidad de su movilidad impuesta, ella ha aprendido a moverse con una natural gracia y serenidad. Sus ojos brillan en la expectación de que su Jefe la vea desempeñar tan prolijamente la tarea. Camina por el pasillo donde la puerta, siempre permanece abierta para ella. Atraviesa el umbral y se vuelve separando sus piernas levemente y cambiando el peso de sus caderas en un gesto desafiante y provocativo. Por el rabillo del ojo, le ve observándola y un atisbo de sonrisa, se percibe en el rictus de su boca.
Se equilibra y con la pierna izquierda, acaba cerrando la puerta de la oficina.
6 MESES ANTES.
Salió de la clínica, el día de la boda de su hermana. Ya había empezado a acostumbrarse al lugar. Desayuno a la 8, clases a las 2, terapia a las 4 y dormir a las 10.
- Llámame cuando quieras Bella. Siempre intentaré darte una ayuda. – El hombre acompañó a la joven hasta fuera del instituto. La miraba con extrema ternura y preocupación.
Adentro la vida era simple. Ordenada, medida, sin sorpresas.
Por eso era reacia a irse.
- Gracias Dr. Banner.- Pronunció la joven abrazándose a la fornida espalda del hombre. Los orificios de su nariz se dilataron, olfateando la colonia varonil a la que tanto se había acostumbrado en sus diarias sesiones.
El Dr. Marcos Banner había sido su apoyo desde que fuera internada en el Instituto psiquiátrico de Olympic. Había pasado los dos últimos años en sus blancas paredes y las diarias terapias, habían convencido a la joven que el maduro galeno era el hombre perfecto. Atento, preocupado por su bienestar, en forma dentro de sus cuarenta y tantos años. Ella clavó sus ojos marrones en él, con excesiva intensidad. El doctor ajeno a las ensoñaciones amorosas, solo vio el miedo y la incertidumbre de enfrentarse al exterior.
- Buen viaje Bella. Estaremos en contacto. – Expreso el doctor y dándole un apretón firme en los antebrazos, se alejó de ella.
Con la paciencia de alguien que siempre ha sido destinada a esperar, Bella tomó su única maleta y el pequeño bolso de mano que un mes atrás le habían regalado del ropero comunitario y se sentó en el banco frente al instituto. El invierno casi acababa y el pullover de lana azul de unos 4 talles más de lo adecuado, embolsaban su figura en una forma amorfa y sin encanto. Tampoco ayudaba la larga pollera a cuadros marrón, que había elegido para ese día. En si su guardarropa carecía de cualquier prenda que pudiera mejorar su aspecto descuidado y pueril. Años atrás su madre había insistido en regalarle un par de gruesas medias oscuras, diciéndole que era el remedio para que la chica no exhibiera las piernas sin depilar. Así que tales medias se habían vuelto parte de su atuendo rutinario. No ayudaba el paso del tiempo a tal esmerado equipo, porque las mismas ya estiradas por el uso, caían una y otra vez, obligando a la chica a recogerlas cada dos minutos. Estaba en ello cuando su madre, casi media hora después, aparcó frente al edificio.
Renné Swan saludo con la mano en un gesto vivas, pero la sonrisa que acompaño al movimiento, se le congelo al ver la nula reacción de Bella.
“Tal vez no sea buena idea que ella esté presente en la ceremonia”. Se dijo la rubia veterana al ver a su hija. El cabello color caoba de Bella, lucia enredado y sin vida, sus enormes ojos marrones, ostentaban unas ojeras violáceas, apenas ocultas tras la cortina espesa de sus largas y renegridas pestañas. Estaba muy delgada y su piel de tan blanca, parecía traslúcida. La rubia volvió a pensar si con el suficiente maquillaje, esa extraña a la que llamaba hija, podría lucir normal.
Su madre charlo durante todo el viaje, contándole cosas como si se hubiesen visto el día anterior. Relataba todos los pormenores de la boda de Jessica, que se celebraría a unas horas de ese mismo día. El paisaje boscoso y verde, marcaba el retorno a Forks. Bella iba absorta con su mirada en la ventanilla y a veces giraba la cabeza hacia su dirección y asentía con una mueca ausente. Por dentro la muchacha se preguntaba porque su madre se esforzaba tanto en mantener una conversación. Aún recordaba su anterior visita para Pascuas en donde se había preocupado más por darle lata al buen mozo del enfermero Phil, que lo que había hablado con ella.
LA BODA.
Horas después la familia y medio centenar de desconocidos a los que llamaban amigos, estaban reunidos en el jardín, bajo el tímido sol de la península de Olympic. Bajo una pérgola adornada con flores y telas rosadas, los contrayentes dijeron sus votos y pronto el improvisado altar, desapareció para dar paso a la torta de dos pisos, donde los típicos muñequitos se hundían en la crema. La gente vitoreaba, silbaba y reía ante el beso apasionado de los novios. Bella observaba todo desde el fondo, casi oculta de las miradas tras la mesa de bebidas que daba a la cocina. Nerviosamente aplaudió cuando acabaron con el brindis, al ver como Renné, la miraba de reojo.
Todo estaba bien. Al menos debía aparentarlo.
Después de todo la familia estaba feliz por el acontecimiento y le habían comprado un bonito vestido azul, de escote amplio y mangas abultadas. Su madre había insistido en arreglarle poniéndole algo de maquillaje y retocado con unas tijeras, sus naturales bucles. El vestido merecía el arreglo y Bella supuso que encajaba en el festejo, aunque por dentro sintiera que nada articulaba bien, sobre todo porque con el correr de las horas y los litros de cerveza despachada, la mayoría de los concurrentes se comportaban como los peores pacientes del centro psiquiátrico de Olympic.
Un joven se acercó a la mesa. Por lo menos no traía la corbata de vincha y ella sonrió al reconocerlo. Su andar desgarbado, no iba acorde al traje que usaba para la ocasión. De complexión musculosa y considerable altura; destacaba entre la población masculina y atraía sobre sí, todas las miradas de las femeninas.
- Hola Jacob.- Saludó Bella con sincera alegría.
- Ah, Jacob, si. Casi lograste olvidarlo.- Respondió el joven con cierto tono malhumorado.
- No es cierto. – Se apresuró a contestar Bella. Jacob Black era algo rudo y directo, pero por sobre todas las cosas, era un buen amigo.
Puede ser que en el trajín de crecer juntos, él pudiera alojar algún sentimiento más profundo. Pero para ella, no. A los 16 años y en un mal episodio, habían comenzado una exploración sexual, que acabó siendo la primera vez para ambos. Con tan poco memorable efecto, que consintieron dejar la curiosidad hacia el sexo y dedicarse a ser solamente amigos. Buenos amigos.
- ¿Contenta de estar en casa? – Consultó él.
Ella respondió con un gesto. Un nervioso cabeceo, mientras sus dedos desmigajaban el resto de la empalagosa torta.
- Me refiero si estás contenta de verdad. – Volvió a insistir Jacob.
Bella se preguntó, cuanto sabía Jacob de las causas de su internación. Él siempre había sido su compañero. Al que acudía cuando las peleas en su casa, rebasaban los niveles. En él se había acurrucado y llorado, buscando consuelo. Incluso el papá de Jake, había intercedido muchas veces cuando Charlie se salía de control.
Pero nunca había sido totalmente honesta, no le había confiado hasta donde le afectaba lo que sucedía en su casa. Miró el rostro moreno que conocía tan bien y su propia cara se reflejó en el espejo oscuro de las pupilas del muchacho.
- No sé. - Contesto Bella con simpleza. Un inequívoco encogimiento de hombros reafirmo sus dudas.
- Te entiendo. – Dijo él y ella supo que no lo sabía todo, pero al menos su conocimiento lo acercaba bastante a una comodidad en la que podían volver a entenderse.
Permanecieron un par de minutos uno al lado del otro. El silencio podía ser incómodo, pero la confianza entre los dos amigos, quitaba todo malestar. Jacob era bueno. Había ido a visitarla un par de veces en estos dos años. Le había llevado chocolates para San Valentín y mantenido al tanto de lo que pasaba en el pueblo. Mucho se había hablado del alejamiento de Bella, pero solo la familia sabía lo que pasaba. Por supuesto, no era bueno para la reputación del sheriff local, que su hija estuviera internada en un centro psiquiátrico.
Jacob, lo sabía y aun así la aceptaba.
La música sonaba por los parlantes y el ritmo contagioso, la hizo menear la cadera al compás. Jacob se giró a verla, le dio un empujón amistoso y tomándola de la mano la arrastro a la pista, donde continuaron contoneándose con desparpajo y riéndose uno del otro.
De lejos su madre los observaba y al ver a Bella bailando aún con torpeza, suspiró complacida por haber tomado la decisión de retirarla del instituto. Había prorrogado dos veces su salida, más insegura de ella misma, que de la recuperación de Bella. “Es difícil reconocer que tu hija tiene problemas y que tú no eres lo suficientemente buena para ayudarla” Reflexiono contra el cristal ambarino de vaya a saber cuántos vasos.
Bella continuó moviéndose descoordinadamente, imitando al resto de los danzarines que totalmente alcoholizados parecían más torpes que ella y se dijo: “No es tan difícil parecer normal, cuando todos están borrachos”
Las tres damas de honor, la observaban entre risitas, mientras exhibían sus trajes rosados de corte imperio y aplicado ajuste. Bella se preguntó por quinta vez, porque su hermana no la había elegido como dama de honor. Tal vez aún tenía miedo a su comportamiento o tal vez no se veía tan bonita como sus amigas. Como respondiendo a ello, Charlie se acercó.
- Te ves tan hermosa. – Pronunció sujetándola para comenzar a bailar una melodía lenta,
- Gracias Papá. --- Respondió Bella incómoda, mientras observaba a Charlie vaciar otra botella de cerveza e iban…
- Pensé que habías dejado. --- Acotó mirándolo a los ojos.
Charlie inmediatamente le dio el envase a Jacob y la envolvió en un abrazo apretado y sincero. Se balancearon un par de veces, mientras Bella agradecía que en el movimiento nadie se percatara del estado de embriaguez de su padre.
- ¿Sabes cuánto te extrañamos? – Preguntó Charlie con voz pastosa.
- Yo también los extrañe. --- Dijo Bella y olfateo por encima de su hombro, sorbiendo el olor de su padre. Sintió la mezcla rancia del sudor, con el hedor pestilente de la bebida sobre ingerida y un leve rastro de colonia. Su mente comparó. Su padre no olía igual al doctor Banner.
- No me siento muy bien. – Reclamó Charlie, apartándose de ella.
- Siéntese. --- dijo Jacob acercándole una silla.
Bella fue ajena a las probables miradas piadosas que varios invitados le daban al ver a Charlie casi recostado en una tumbona a mitad de la fiesta, pero si fue consciente de la tristeza de su hermana.
Quiso llorar. Nada parece haber cambiado.
Aun así fue testigo de cómo Mike abrazaba a Jessica, consolándola. El intimo gesto, la hizo sentir más desubicada y sola. Debe ser lindo tener alguien que te cuide. Las lágrimas volvieron a atacar y sabiendo que pronto anegarían sus ojos, se alejó al interior de la casa con paso veloz.
Corrió escaleras arriba. La planta superior era una mezcla extraña entre arreglos de la boda y un cartel enorme sobre el umbral de su cuarto que rezaba. “Bienvenida a casa”
Cerró la puerta de la habitación, conteniendo el llanto en suspiros entrecortados.
Solo dudo unos segundos y luego retiro de abajo del colchón, una caja de costuras, decorada con cientos de pegatinas infantiles. Abrió muy despacio solo para descubrir en el interior una interesante colección de utensilios cortantes y punzantes. Se sentó en la cama y con la parsimonia de un rito, acomodo los objetos y un envase de iodo sobre la mesa de luz. Aprontar los objetos la había calmado y su respiración casi había vuelto a la normalidad. Miró la colección y con mano temblorosa escogió una estatuilla de una bailarina, cuya pierna extendida terminaba en una zapatilla en punta. Bella sobó la cuña para darle más filo sobre una piedra de cocina que su madre usaba para los cuchillos y que llevaba escondida en su caja de tesoros más de 5 años.
Presionó la figurilla en el interior de su muslo blanco, buscando la incisión de la carne, hasta que el bocinazo atrajo su atención.
Jessica, se marchaba. Reía, mientras lanzaba el ramo de novia por los aires. Su hermana se iba. Parecía radiante mientras se despedía de todos.
Alguien era feliz al irse de este infierno. Bella recién había regresado.
Hacía más de dos años que no acudía a esas prácticas destructivas y su último corte había acabado cuando le quitaron las maquinillas de afeitar. Midió su flaqueza y se dijo. “No voy a caer de nuevo en eso”. Cogió apresuradamente todas las cosas y guardándolas en una bolsa de tela, se acercó al tarro de la basura. Dudo unos segundos y considerando que su madre podía verlos al desechar los desperdicios, los escondió en el cajón inferior de una gaveta, diciéndose que tal vez más tarde los arrojaría.
“No voy a caer de nuevo” Bella recitó en silencio.
FIN PRIMER CAPITULO
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