miércoles, 10 de agosto de 2011

CAPITULO 5

NOTA: Las oraciones entre “ ” son los pensamientos de los protagonistas.
EL DULCE HASTIO DE LA RUTINA
Primer día de trabajo.
Desayuno hecho por Renné y nuevas medias de lana: Rojo bermellón.
Isabella Swan se levantó optimista y con una renovada confianza en sí misma ante la perspectiva de su primer jornada laboral y el nublado clima de la península, así pareció entenderlo, porque le recibió con un tibio sol, que alumbró más el camino hacia el bufet.
Su madre insistió en llevarla y después de ese día, Bella aceptó que ese hecho, al igual que el desayuno, serían parte de la rutina diaria. Después de todo, su madre había hecho un verdadero esfuerzo en cambiar sus turnos en la cafetería, tan solo para acompañarla.
Bajo del auto con premura y en grandes zancadas atravesó el jardín.
Al apoyar su mano en el picaporte notó que la puerta estaba cerrada. “Se habrán olvidado de mí” Pensó Isabella, reconociendo que era exactamente la hora en que había quedado en presentarse. Apretó contra su pecho una sencilla caja de zapatos en la que había traído algunas cosas que creía necesitar para su no estrenado puesto de secretaria. Caviló unos segundos en los que observó a su madre estoicamente aún estacionada frente al edificio.
“Por Dios que se vaya” dijo la chica entre dientes, a la vez que le hacía señas para que se marchara. Un hombre rubio y delgado, de impecable traje oscuro se hizo presente en ese instante. Miró hacia el auto y luego a la entrada. Le dirigió a Bella una sonrisa fugaz mientras avanzaba hacia ella y le dirigió un leve cabeceo como esperando que la chica dijera algo.
--- ¿Espera a alguien? --- Dijo el hombre, mientras buscaba el llavero en su maletín de cuero.
--- Al doctor Cullen. Me contrató como secretaria. --- Pronunció la chica con una voz casi infantil.
--- ¿Secretaria? --- Pronunció él con cierto asombro y un tinte de escepticismo.
--- Según entiendo, estaban buscando una y cuando me presenté ayer, me dijo que comenzara hoy mismo. --- Contestó la chica, mordiéndose el labio en un claro gesto de timidez. --- A propósito. Isabella Swan. --- Se presentó la castaña, extendiendo su mano y apretando la del hombre con un gesto enérgico.
--- Jasper Hale. Perdón, no quise ser irrespetuoso, soy el socio del doctor Cullen. --- Respondió el abogado rescatando su mano y abriendo la puerta del despacho, mientras continuaba hablando. --- Perdone mi asombro, pero no había sido informado que tomaríamos alguien tan…. ¡Qué demonios pasó aquí dentro! --- Interrumpió la frase, dejando de lado totalmente la línea de conversación educada.
Jasper había abierto el despacho y aún perduraba el tiradero del día anterior, aunque era un caos visiblemente ordenado porque alguien había estado trabajando en ello. Amontonados en el suelo, había pilas de carpetas, escritos, facturas y una que otra fotografía. Se quedó parado al medio del recibidor, con los ojos muy abiertos y con cara de susto.
A Bella, su inmovilidad le resultó graciosa, por lo que con mejor presencia de ánimo, dejó sus cosas sobre el escritorio, se hizo cargo de la maleta del abogado y le quitó el abrigo para dejarlo colgado en el perchero. Procedió a levantar la basura que alguien había juntado en una esquina y estaba a punto de subirse a una silla para colgar las cortinas cuando sintió que el joven abogado reaccionaba.
--- Yo haré eso. No podemos abrir así. --- Dijo Jasper.
Habló más para sí mismo que para Bella e inconscientemente buscó manchas de sangre en la alfombra, pues si el panorama no le engañaba, el despido de Angela Weber no había sido un incidente tranquilo.
Se quitó el saco y se arremangó las mangas de la camisa, no sin antes aflojarse el nudo de la corbata gris. “Un día lo dejo solo, un día” “¿Qué hará cuando Alice esté con el embarazo a término?” Refunfuñó el rubio, pensando que ese día pensaba darle la noticia a su cuñado. “Las buenas nuevas, tendrán que esperar”.
--- ¿Café? --- Interrumpió la joven.
--- Creo que mejor un té. Pero será más tarde. Antes pongamos en orden este desastre. --- Sugirió el abogado.

Bella estaba encantada con que la tratara como a una igual y que confiara tanto en su criterio, que hasta se animó a sugerir algunas cosas, como mudar la pila de papeles a la sala de conferencia, para despejar el recibidor y luego con paciencia, separarlos. Jasper Hale le había caído definitivamente bien y era casi tan guapo como Edward Cullen, aunque no tenía ese magnetismo que le había encandilado. Con disimulo observó las manos del abogado y vio la reluciente alianza que confirmó su estado civil. “¿El señor Cullen, estará casado?” Se descubrió preguntándose. Mordió su labio y se negó a seguir pensando cosas que no le incumbían.
Ambos trabajaron en silencio, apenas cortado por alguna que otra consulta por parte de la chica, que con increíble entereza parecía hacerse cargo de la situación con una natural tranquilidad. Si la apariencia de Bella Swan le había generado alguna duda, con apenas veinte minutos de trabajar juntos, Jasper estaba seguro de que la joven podía con lo que se propusiera, “Incluso tal vez con el carácter de Edward”.
Como respondiendo a su pregunta, la chica se giró y esbozó una sonrisa a la que respondió por empatía. En ese momento un ruido los hizo voltearse y el rostro sombrío de Edward Cullen se perfiló en el marco de la puerta.
Bella clavó su vista en la mano que sostenía el maletín, llevada por la recién despierta curiosidad. “No. No lleva anillo”.

Edward apretó el agarre de la perilla, hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Su cuñado y socio estaba arrodillado en la alfombra de la sala de conferencias, muy cómodo con la camisa abierta, el pelo revuelto y su nueva secretaria “Mi secretaria” profirió con rabia, se deslizaba en cuatro patas por el lugar en una postura tan inocentemente tentadora, que se empalmó en dos segundos.
--- Edward. --- Llamó Jasper a modo de saludo.
Por respuesta un gruñido salió del abogado que ya se alejaba a su oficina con grandes zancadas.
--- Voy a ver cómo podemos hacer para que este día no empeore. Bella, dejemos esto para después y desenllava la puerta de enfrente. --- Prosiguió Jasper levantándose con rapidez.
Un portazo resonó en el fondo.
“Encima le dice Bella. No pasa más de media hora de que se tratan y ya la tutea”. Era otro de esos días en que todo parecía salir mal. Lo que quería controlar parecía fuera de su orden. Había dormido poco , soñando con unos ojos chocolate que lo atormentaron varias horas de la madrugada, logrando que su erección matutina no pareciera capaz de eliminarse con trabajo manual. Se cortó de nuevo al afeitarse y habiéndose olvidado de llenar el tanque de combustible; tuvo que hacer cola en el surtidor por lo menos diez minutos hasta que pudo retomar su camino. Retraso que había dado oportunidad para su socio acorralara a su secretaria en el piso de las sala de juntas.
Imágenes mentales fueron distorsionando su percepción de los hechos, a tal punto que en menos de los tres minutos en que tardó Jasper para entrar a su despacho; Edward Cullen, estaba de lo más sacado.
--- ¿Qué te traes con Isabella Swan? --- Soltó con agriedad, apenas le vio ingresar.
--- ¡¿Qué…?! ¿No crees que tú, tienes que darme explicaciones de lo que ha sucedido ayer? --- Atacó Jasper.
“No hay mejor defensa que un buen ataque” Meditó Edward llamándose a la razón. Estuvo a segundos de demostrar una pérdida de control como no le había pasado en años. De repente se cuestionó la decisión de haber contratado a Isabella Swan. Era un desafió que le distraía y que destemplaba su ánimo, más que el café mal servido de su anterior secretaria.
--- Nada importante. Se le comunicó el despido a la Señorita Weber, recogió sus cosas y hoy debe haber hecho efectivo el generoso cheque indemnizatorio. Te dejo a ti hacerte cargo de la baja de la plantilla y el alta de la nueva. --- Pronunció Edward con la misma máscara de frialdad que llevaba en la corte.
--- Y por la nueva, supongo que te refieres a Bella. --- Continuó Jasper.
Edward estaba a punto de dejar el saco sobre el respaldo del sillón y agradeció el estar de espaldas a su socio, mientras hacía crujir la mandíbula del disgusto. “Bella otra vez” “¿Quién le dio permiso?”
--- ¿A eso me refería? ¿Desde cuándo tanta confianza con las empleadas? Que recuerde no llamabas Angi, a la señorita Weber. --- Dijo Edward con tono brusco.
De repente ese sentimiento de protección que había vislumbrado en la entrevista, había vuelto aparecer. Fuera de toda lógica, sentía que necesitaba defenderla, aún del mismo Jasper y por supuesto que de él mismo. La chica era tan ingenua, que no merecía los pensamientos turbios que lo habían desvelado la noche anterior. Gruñó por dentro y renovó su meta de conservarla como empleada. “Costara lo que costara”.
--- Solo trato de ser amable. ¿O es demasiado pedir que al menos esta secretaria nos dure la semana que tardaremos en poner en orden lo que provocaste con el último despido? Por lo menos agradéceme que haya quitado los adornos del pasillo, sino hoy atenderías desde el hospital.--- Respondió el joven Jasper con humor.
“insolente” Pensó Edward, sin dejar de conciliar la idea, de que en realidad su cuñado tenía razón.
--- No me gusta la familiaridad con que la tratas. --- Aseveró al fin.
--- El buen trato no quita el respeto y es un ejemplo que deberías seguir. Yo ni siquiera he objetado tu elección; porque si bien de primera parece una pupila recién salida de un colegio católico, a poco de conocerla me parece una chica encantadora, aunque media… --- Jasper no concluyó la frase.
--- ¿Media qué? --- Inquirió Edward.
--- Media rara. Pero no para mal. Creo que puede ser muy capaz. --- Contestó Jasper.
--- Es muy capaz. Tiene unas notas impresionantes y ha hecho el curso de secretariado en la mitad de tiempo, --- Acotó Edward con cierto orgullo disimulado.
Un golpe suave interrumpió la conversación. El olor a café inundó la oficina y un perfume floral se coló con la misma intensidad. Edward se tensó.
--- Traigo su café. --- Pronunció la muchacha con ese timbre suave y un tanto agudo.
Apareció con una bandeja y traía también la taza de té para Jasper con unas tostadas. “¿Desde cuándo Jasper desayuna en la oficina?” En verdad era desesperante notar esos detalles. Atenciones que se le antojaban solo para él.
--- Gracias Bella. Yo tomaré el mío en mi oficina. Tengo que estar en la escribanía a las diez. --- Apremió Jasper mientras Isabella dejaba el café de Edward en el escritorio.
Edward miró la taza con incredulidad. Era roja con la aza blanca y tenía estampado un smile amarillo. Subió la mirada para encontrarse con la de la de Isabella, que con sus increíbles y enormes ojos chocolate, le miraban sin temor.
El abogado levantó una ceja y aunque no pronunció palabra, ella supo a que venía.
--- No han quedado muchas tazas sanas. ---- Dijo con una sonrisa inofensiva.
--- Gracias… Isabella. --- Dijo Edward y le dedicó esa sonrisa torcida, que Bella había conocido el primer día.
“Por Dios” La chica quedó sin aire y salió como tiro por el pasillo.
--- Bien. No la asustes sonriendo mucho. --- Bromeo Jasper al ver el gesto amable de su cuñado.
Edward gruñó y Jasper se dijo que era hora de hacer mutis.
Tras quedar solo. Edward miró la pila de marcadores rojos que tenía en un lapicero de metal y se quedó mirando con fijeza el capuchón rojo vibrante. Asoció inmediatamente el color a la campera de Isabella Swan y las ridículas medias que vestía. Todo enojo se esfumó y solo quedó ese sentimiento de complacencia. Su café despedía un hilillo de humo que atemperaba su espíritu.
Tomó un sorbo y paladeo el sabor espeso, casi amargo. “Perfecto” Sonrió y mirando el smile de la taza se dijo que sus días comenzaban a mejorar.
Tomó el manojo de marcadores y los arrojó a un cajón del escritorio.

El resto de la jornada fue tranquila y permitió a Bella, acomodarse al ritmo de la oficina. Atendía el teléfono, anotaba los recados con la mayor atención posible y cuando podía, se escurría a la sala de juntas para seguir separando los escritos. Jasper Hale se retiró en el trascurso de la mañana y no regreso hasta la tarde. Para cuando volvió había creado un cierto orden en las notas y si bien el lenguaje le parecía un jeroglífico, supo encontrar los números de legajos en cada nota, como para empezar a separar las carpetas. Se sentía viva, útil, independiente, rebosante de un sentimiento que le abarcaba el pecho haciéndole respirar profundamente. Si hubiese pasado más momentos parecidos en su vida, habría sabido que se sentía feliz.
Complacida miró las notas que había tipeado y dejado ya firmadas para el correo de mañana, cuando le sintió.
Por más que estuviera con la máquina de escribir de espaldas al pasillo, podía percibir cuando el abogado se acercaba. Su paso era tan sigiloso como el de un depredador, pero algo extraño le erizaba los bellos de la nuca, al presentir su presencia.
Se volvió con una sonrisa.
--- Tipee esta carta y envíe cuatro copias a Amally & Parent.--- Ordenó el abogado.
--- De inmediato Señor.--- Contestó Isabella, poniendo una hoja en el rodillo.
--- La dirección está en … “No tengo la menor idea”. --- Alcanzó a decirle mientras se perdía en la mirada abierta y sincera de la chica.
Todos sus pensamientos coherentes, se esfumaron.
--- Tengo ordenado el tarjetero de direcciones. No se preocupe. --- Completó Bella al ver su mudez.
“Es tan joven” Logró articular la mente del analítico Edward Cullen, cuando fue interrumpido por su oportuno cuñado.
--- Son más de las 6. No la retengas más. --- Soltó Jasper tomando su sobretodo.
Edward frunció el ceño mientras se giraba a mirar el reloj de la pared. “18:15 . No quiero que se vaya”
--- No tengo problema. Termino la nota y si quiere me quedo un rato más a ordenar los archivos. --- Respondió Bella ante una frase que solo la mente del abogado, se había atrevido a anunciar.
Edward negó con la cabeza y apretó las mandíbulas. De repente se le antojaba que ella parecía leer sus pensamientos y la sensación era desconcertante.
--- ¿Te esperamos a cenar Edward? ---- Consultó Jasper antes de salir.
--- En otra ocasión. Estoy muy cansado. --- Respondió Edward sin dejar de mirar un punto fijo de la alfombra que ahora le parecía particularmente atractivo.
Se negaba de lleno volver a encontrarse con la mirada de Isabella y menos a solas.
--- Esta semana. Alice insiste. --- Pidió el rubio y ante el silencio de su cuñado, dijo.--- Hasta mañana Bella. --- Saludó desde la puerta y se marchó.
Se quedaron solos, mientras el ruido de la máquina llenaba el silencio, con un golpeteo acompasado.
Ella pensó que él se quedaba esperando a que terminara la nota, apurado por marcharse.
Él pensó que ella se apuraba, solo para alejarse de él y en un arrebato, dijo.
--- Voy a extender su horario hasta las 19. Solo hasta que pongamos todo en orden. Le pagaré las horas extras. --- Soltó con brusquedad.
Bella le buscó con la mirada solo para ver la espléndida espalda marcharse, bajo la cara camisa ajustada. Si le sorprendió el tono enojado, lo dispensó diciéndose “Está muy cansado”.
Terminó la nota a la brevedad. La releyó con rapidez y colándose la camperita roja, se acercó al despacho. La puerta entreabierta colaba una luz más cálida. Casi íntima. Golpeó esperando que le permitieran entrar.
--- Pase señorita Swan. Cuando tenga la puerta entreabierta, no hace falta que llame. --- Acotó el abogado con la vista absorta en un papel.
--- Aquí tiene la nota. ¿Algo más Señor Cullen? --- Susurró la chica, desconcertada por el trato impersonal que le prodigaba, después de haberla llamado por su nombre.
“Algo más Señor Cullen” . Edward mordió el interior de su mejilla, mientras apretaba sus nalgas para refrenar las pervertidas propuestas con las que se le antojaba responder a la pregunta de la inocente chica. Tratarla era una disputa de la que se juraba salir airoso. Era una chiquilla tentadora y su reacción solo era reflejo de los meses de abstinencia. Siempre se negó a las relaciones ocasionales, pero era claro que necesitaba una mujer “Y pronto”.
--- Nada más Señorita Swan. Tenga la llave de la puerta delantera y está más pequeña es de la caja chica, para que maneje los gastos que sean necesarios. Llévese esta taza y mañana compre un juego nuevo. --- Respondió Edward sin levantar la mirada del escrito y con tono autoritario.
--- Hasta mañana Señor Cullen. --- Saludó Isabella tomando el manojo de llaves que éste le había dejado sobre el escritorio.
Sé detuvo un momento, esperando una respuesta que no iba a llegar… por lo menos hasta que ella se marchara. Cerró la puerta y salió presurosa.
--- Hasta mañana… Bella.
Suspiro.

Si bien Renné estaba algo intranquila por la demora de la joven, dio un gritito de alegría cuando Bella le contó brevemente que le habían pedido hacer horas extras y dado la llave de la oficina.
---- Mañana te vienes con una cartera. Pero mira que bien que te hayan dado la llave. --- Soltó Renné con una risita histérica.
Su madre estaba feliz y Bella por segunda vez consecutiva se sentó en el asiento de adelante. Había demasiadas emociones encontradas, pero una le arrebata el pensamiento. “Que hice para que me tratara con tanta frialdad” Con ese pensamiento se fue a dormir, no sin antes agradecer que por primera vez en mucho tiempo, su madre le dejara prepararse la cena, ya que había salido a trabajar muy apurada. Disfrutó la libertad de ver televisión un buen rato y se preparó un café bien cargado y muy caliente “Como le gusta a él”…

El cuerpo tendido sobre el escritorio. Las piernas esbeltas apoyadas sobre la máquina de escribir. Una figura de traje negro y profundos ojos verdes que tomaba una taza de café humeante y la vertía por su ombligo desnudo. El líquido quemó su piel, dejando un reguero ardiente que bajaba hasta su entrepierna …

Se despertó sudada y enfebrecida. Nunca había tenido un sueño así.

Algunas semanas después
Desayuno hecho por Renné, cena para calentar y la compañía de su hermana. Lo de la primera noche, solo había sido una excepción. Al día siguiente se había establecido otra rutina y ya no le dejaban cenar a solas.
Al tercer día, dijo que no tenía apetito y se fue directo al cuarto, solo para flagelarse, cortándose el interior del muslo una… dos… tres veces … hasta que el alivio de la sangre fue más fuerte que la agonía. “Es que nunca entenderán, que jamás intenté suicidarme.”
Se cortó una cuarta vez.
Pronto. Pronto. Limpiar la sangre, verter yodo en la herida y la bandita estéril.
Cerró los ojos esperando sentirse liberada, pero la frustración aún permanecía allí. Para colmo no había vuelto a tener otro sueño como el del café y lo anhelaba. Lo necesitaba.
Menos mal que cuando llegaba la mañana, corría a su trabajo. Atendía el teléfono, copiaba notas, se perdía en un mundo nuevo, despojándose de todo lo que no era su desempeño como secretaria. Se afanaba en cumplir lo que le ordenaban, procurando incluso adelantarse a la necesidad. Le gustaba su trabajo. Allí se sentía … libre.

---- Tengo una audiencia a la 10 en punto, tráigame la nota de Altisio. --- Vociferó Edward a la vez que se colocaba apresuradamente el saco cruzado y ajustaba la corbata.
Bella apareció a los pocos segundos con un escrito, que él ni siquiera se dignó mirar. Ya se había acostumbrado a los cambios de humor de su jefe, que alternaba en gentiles “Muy bien Bella” a “Esto es todo señorita Swan”. Algunas veces creía que su trato dependía de la presencia de Jasper, pero hoy no lo era.
Era Lunes y sabiendo que tenían mucho trabajo por delante, Isabella había llegado con casi una hora de antelación. Para cuando llegó el doctor Hale, ya tenía el despacho adelantado y pudieron charlar brevemente sobre los antojos de su mujer Alice, la hermana de Edward. Bromeaban sobre lo improbable que un bebé se antojara con zapatos Manolo Blanick, cuando el abogado hizo acto de presencia y pasó sin saludarlos.
La verdad es que Edward se molestaba por la confianza que su secretaria mostraba con el otro abogado. Incluso con éste reía de forma abierta. En cambio con él se mantenía reservada e imperturbable. Incluso hoy en que sabía que su carácter lo sobrepasaba, ella permanecía modosa y dispuesta… “Perfecta”. De algún modo retorcido eso le enfadó más y arrugó la nota que le había dado sin siquiera mirarla, arrojando el bollo hacia la papelera con tal mala puntería que acabó rodando bajo el escritorio.
--- Me voy al juzgado. --- Gruñó sin esperar contestación alguna.
Caminó por el pasillo a grandes zancadas, mientras ella le seguía cargando el pesado maletín, unos enormes expedientes que este había apilado con anterioridad y el sobretodo doblado en su antebrazo. Edward caminó hacia su automóvil totalmente consciente de que ella apenas le seguía. Con cada acción tentaba sus límites esperando… ¿Esperando que se revelara? ¿Qué se soltara? ¿Qué le gritara para poder acallar su enojo con besos húmedos? “Diablos… estoy hecho un pendejo”
El auto se quejó del maltrato de su dueño y Edward Cullen, pasó el resto de la mañana martirizando a alguien más.

Isabella estuvo varias horas solas, cosa que apreció, tanto como el tiempo que compartía a solas con su jefe, después de cerrar el bufet. Ya estaba todo en orden y temió que éste le dijera que ya no le necesitaba después de hora. Decidió guardar su inquietud y salió a comprar un emparedado en la cafetería de enfrente. Comió un sándwich distraída. Mientras desmenuzaba el pan sus delicados dedos, creyó ver el auto de su madre estacionado en la cuadra lateral, pero luego se dijo que era un auto cualquiera.
Al volver al bufet se encontró en el baño con la hermana del señor Jasper. Rosalie Hale.
--- ¿La nueva secretaria?
Bella asintió con una sonrisa, mientras se pasaba el hilo dental.
La rubia mujer estaba retocando su maquillaje. Acentuando con el delineador la línea oscura de sus ojos de por sí, rasgados. Era una joven espléndida y Bella pensó que así debía verse una profesional. Sopesó con cuidado el traje de dos piezas color lavanda y la elegante blusa de seda.
--- Disculpe. ¿Qué es exactamente una asistente legal? --- Consultó Isabella llevada por la curiosidad. Sabía por Jasper que su hermana aún estaba estudiando y que pasaba mucho tiempo en los tribunales, pero como su trato había sido casi nulo, no conocía específicamente lo que hacía.
La escultural rubia, hizo un gesto de hastío y sin contestar, cerró el estuche de maquillaje y se marchó.
--- Nos vemos. --- Saludó sin verla.
Bella se quedó mirando la puerta sin llegar a comprender que podía haber ofendido tanto a la Señorita Hale, pero no se sentía apenada por el gesto. Decididamente Isabella Swan tenía un rango diferente para medir los desplantes de otras personas. No criticaba, no opinaba mal de nadie y consideraba palabra santa, cualquier cosa que su jefe le ordenaba. Incluso le pareció absolutamente normal, que le mandara a comprar trampas ecológicas para ratones y hasta pasó un placentero momento al ver al abogado cortar con precisión perfectos cubos de queso.
El recuerdo de esas manos sujetando con firmeza la hoja de cuchillo le hizo cerrar los ojos. Los pensamientos que tenía hacia su jefe habían pasado de ser ensoñaciones curiosas a anhelos muy específicos. Suspiro profundamente y al abrir los ojos, se encontró que la rubia había olvidado la petaca de sombras y el labial.
Su primera intención, fue salir corriendo para devolvérselas, luego la picardía de esa niña que había crecido con pocas horas de juego, le ganó. Tomó el pincel y deslizó con torpeza una línea gris perlada sobre su parpado. Bella sonrió y repitió el movimiento en el otro ojo. Luego pasó el labial rojo coral sobre su boca y con un gesto de coquetería se observó complacida en el espejo.

Para cuando Edward Cullen regresó del juzgado, encontró a su adorable secretaria atendiendo una llamada y fue incapaz de no fijarse en los labios carnosos resaltados en el carmín rojo. Gruñó sin esperar la lista de recados.
Necesitaba algo de serenidad y pensó que era hora de dedicarle algo de atención a sus queridas plantas. Ellas siempre la traían paz, calma, control.
Isabella se asomó al despacho, con el café espeso y casi amargo. Llevaba en su mano, un paquete de donas azucaradas que en un impulso había comprado para él, recordando que ni siquiera había desayunado.
El abogado estaba en el jardín interior y sostenía una especie de lupa entre sus dientes, mientras con sus largos dedos tomaba el tallo de una de las orquídeas, separando los pétalos, insertando una aguja con delicadeza y precisión, entre los pistilos. Isabella se quedó varada, observando como manipulaba la flor con tanta seguridad y exquisito aplomo. De algún modo esa imagen le era tan sensual y erótica que no dejó de preguntarse cómo serían esas manos tocándola con esa misma finura.
Su piel reaccionó imaginándolo y se ruborizó violentamente.
Él sabía que ella estaba allí. Percibió su fragancia incluso antes de que le sintiera abrir la puerta. Rodó los ojos. “ Es un castigo, es un castigo. ”
Suspiro.
--- Le traje esto. –-- Comentó Isabella al verse descubierta.
Depositó las donas sobre una mesa, junto con el café. El asintió con la cabeza, mostrándose sosegado. Se instó a sí mismo a mantenerse profesional. De pronto recordó unas copias que necesitaba.
--- Creo que tiré accidentalmente mis notas, sobre el caso Feldman. --- Habló el abogado con la lupa aún entre los dientes. --- ¿Quizás podría…
--- ¿Revisar la basura? --- Soltó Isabella como tal cosa.
“Revisar la basura”. La contestación, casi lo hace tirar todo. Con el mayor autocontrol del mundo se giró a verla, conteniendo la sonrisa canalla que le desbordaba. ”Al carajo la profesionalidad”
--- Si, Isabella. Gracias.--- Dijo él con simulado aplomo.
Ella salió de la oficina, no sin antes dedicarle la más dulce mirada y él estuvo a punto de romper la lupa con los dientes de tanta presión que hizo su mandíbula. Esa niña estaba dispuesta a matarlo. Su inocente respuesta la ubicaba en una posición humillante y servil que destruía por completo su casi inexistente auto control. “¿Cómo puede tentarme tanto?”.
Por supuesto que ya estaba insoportablemente tieso, incluso para caminar, pero aun así se acercó a la ventana que daba al patio trasero y descorrió la cortina para verla…
FIN DE CAPITULO.

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