jueves, 11 de agosto de 2011

CAPITULO 6

NOTA: Las oraciones entre “ ” son los pensamientos de los protagonistas.
"La poesía huye, a veces, de los libros para anidar extramuros, en la calle, en el silencio, en los sueños, en la piel, en los escombros, incluso en la basura".
                                                                                               Joaquín Sabina
HAZME SENTIR MAL
Isabella  salió  del edificio. El sol alumbraba de pleno sobre el lugar, adentrándose en la cálida primavera de la península.
La chica hizo pantalla con la mano, al sentir la luminosidad sobre su rostro  y con paso decidido se enfrentó el gran contendor negro.  Midió la altura, con una rápida mirada, calculando que éste era demasiado alto como para revisar su contenido desde afuera.
“Va a desistir” Edward Cullen  murmuró para sí.
“Voy a tener que trepar” “Espero no romperme las medias” Pensó la muchacha, totalmente ajena de la observación a la que era protagonista.
Ese día estrenaba unas medias de seda  lila claro, que a ella le parecieron muy elegantes. Ese color en particular, parecía resaltar la cremosidad de su piel y Bella pensaba que se veía muy correcta con su camisa a juego y la larga pollera tableada.  
Se sostuvo con firmeza  y luego levantó la pierna izquierda, pasándola por encima del borde y tomando impulso se solivió hacia arriba. Cambió el ángulo de sus manos, con tal desafortunada elección que acabó ganando peso y cayó torpemente adentro del basurero.
“Carajo. Lo hizo” Gimió el abogado.
No podía dejar de admirar su belleza tranquila,  casi etérea. El sol iluminándole el rostro y la brisa desacomodándole los cabellos.  “Que maravillosa criatura” pensó Edward devastado por la reacción que la ingenua ninfa, desataba en él. Su boca se llenó de saliva, los orificios de la nariz se distendieron, los músculos de su estómago se tensaron y su pene aulló enardecido, pidiendo librar una batalla que él se negaba con todo el raciocinio, mientras que su cuerpo pedía con toda locura.
Pestañeo un par de veces, trago con fuerza y su mentón varonil tembló ligeramente. “Te deseo, te deseo”  “Inalterable, imposible… Perfecta”
Metros más allá, Isabella habría bolsa tras bolsa, sacudiendo la basura  y revolviendo el contenido de cajas de cartón. Menos mal que la mayoría de los desechos eran solo papelería, aunque ese hecho no era menos importante para la mente de la chica. A ella solo le importaba complacer el pedido de su jefe. Así que sonrió con verdadera alegría al dar con un sobre amarillo que claramente tenía el membrete de Robert Feldman. Una cosa asquerosa,  estaba pegada en la tapa, pero la chica solo procedió a quitarlo de un manotazo, sin el menor asco.
Edward observaba la escena sintiendo pulsar su miembro contra las costuras del pantalón. Como explicar la razón por la que ese acto servil y humillante,  lo excitaba al extremo.  Fantasías más perversas de ejercer su dominio sobre ese ser angelical se dispararon sin control.
“No. Maldita seas.  No “ Se reprendió mentalmente, alejándose de la ventana y acostándose en la alfombra de la oficina. Comenzó furiosamente  a hacer abdominales.
“Uno, dos, tres, cuatro…”
Mientras tanto la secretaria volvía a embolsar los papeles y con un ágil movimiento, se deslizó sin esfuerzo,   fuera de la caja negra. La labor había logrado sonrojarla y varios cabellos se escapaban del apretado peinado que se había elaborado esa mañana.
“Veintisiete, veintiocho, veintinueve…”
Bella se acomodaba las mangas de la camisa, las cuales había recogido antes de darse a la tarea de hurgar en la basura. Estaba complacida por haber encontrado tan rápido las notas. Con suerte su jefe le dedicaría  esa sonrisa torcida devastadora y le agradecería las donas que con tanto cariño, había comprado para él. 
Caminaba con una sonrisa tonta en la cara, cuando observó que estacionado en la calle lateral del bufet, había un chevy blanco, demasiado conocido.
Su sonrisa murió ahí.
--- Hey. --- Saludó su madre con una sonrisa espléndida, al estilo actriz de Hollywood.
--- ¿Por qué estás aquí? --- Inquirió Isabella, apenas conteniendo su furia.
“Cincuenta, cincuenta y uno, cincuenta y dos, cincuenta y tres…”
--- Estoy esperándote, querida. --- Contestó Renné.
--- Pero me quedan cinco horas más. --- Explicó la chica, aun creyendo que su madre estaba allí por casualidad.
--- Lo sé. --- Respondió su madre con una sonrisa ligera.
Ni siquiera ocultaba el hecho de que estaba allí para vigilarla.
Nunca le daría el mínimo de crédito, nunca le daría la oportunidad de crecer, de demostrar cuanto podía lograr fuera de su sobreprotección enfermiza.  
Isabella hizo un gesto de negación mientas se alejaba sin decir palabra. Un malestar instantáneo se centró en su estómago, agarrotándole las tripas. Sus oídos se cerraron unos decibeles y la visón se le nubló al claro ataque de unas lágrimas que no iba a soltar.
Isabella nunca lloraba.
Como una zombi, entró al edificio y se dirigió a la oficina del abogado. Se paró al lado del escritorio, esperando que el hombre se diera cuenta de su presencia, pero él parecía ignorarla deliberadamente.  Bella sostenía las notas recuperadas del contenedor, con los dedos agarrotados. Profundamente turbada;  con unas ganas enormes de refugiarse en el cuarto de baño para hundir una y otra vez, la hoja acerada de su tijera en una pulsión liberadora.
--- Disculpe Señor.--- Se animó a hablar, esperando marcharse pronto.
--- Está bien. Encontré otra copia. --- Contestó el abogado sin detenerse a mirarla.
--- Oh. Bien. --- Respondió aturdida.
La realidad es que apenas recuperado, Edward Cullen se había dirigido presuroso al archivo para obtener  la copia del documento, en un intento desesperado de apartarse de ella. Tal vez si la hacía enojar…  reaccionara. Tal vez con suerte, montara una rabieta por haberla sometido a un acto tan poco ortodoxo y se sitiera ofendida por desestimar su esfuerzo. Parte de él quería que ella se alejara definitivamente de su vida, pero otra parte… la más egoísta, se carcajeaba complacido de encontrar una dulzura servil y pasiva a la que podría moldear con las más oscuras fantasías. Era esa parte… malvada, sobre la que el remilgado abogado no quería ceder.
Cuando lograba pensar más que con su cabeza sur;  veía a una niña inocente que no se merecía semejante destino.  “Sí… asustarla… tratarla mal” La idea le enfermaba y en la más retorcida profundidad de su ser… lo excitaba también.
 Pero Isabella no hacía señas de sentirse herida, ni enojada, ni avergonzada. No se soltaba, no registraba la miseria en la que él se revolcaba al verla tan inalterable.
Su enojo renació.
--- Necesita más azúcar.--- Gruño Edward en un antojo infantil de provocarla.
--- ¿Azúcar? --- Preguntó ella con dulce incredulidad.
Hace semanas que le preparaba el café. Fuerte, extra caliente y con dos cucharadas de azúcar. Ella era buena y meticulosa en repetir una rutina. La frase vino más a vacilación de reconocer que por más que se esforzara… nada parecía hacer bien. Su madre se lo confirmaba a cada instante.
Él puso su peor cara de póker y la miró con un gesto deliberadamente amenazador.
Ella pensó “Debe creer que lo estoy cuestionando. Que estúpida soy, que estúpida  y pensar que creía que recibiría sonrisas.”
Salió con trancos presurosos  a servirle otro café.
Si se hubiese dado vuelta, hubiera observado como el sexy  abogado, se mordía los nudillos en un gesto muy poco controlado.
Como una autómata volvió a su escritorio y durante las 4 horas restantes, solo reaccionó para contestar el teléfono. Su cabeza solo era consciente de su madre, a metros de allí.  Como entender a Renné. Ciertamente creía que después del abandono de Charlie, se refugiaría alegremente a los brazos de Phil, pero su madre parecía depender más de Isabella, de lo que la chica sospechaba.
Fuera del local, la cuarentona fumaba como chimenea, mientras de tanto en tanto tejía algo parecido a una bufanda.
El doctor Jasper Hale estacionó su mercedes negro a la vuelta del bufet, tras no conseguir lugar al frente del edificio. Apretó la alarma, mientras equilibraba con agilidad un par de carpetas y el maletín de cuero.  Cuando avanzaba, observó las volutas de humo saliendo por la ventanilla de un Chevi blanco y una muñeca delgada, que sostenía una colilla  a medio consumir.
Con disimulo volteó a ver a la conductora.
Una cuarentona de ojos muy pintado lo saludo con elocuencia.
---- Eyyy. ----  Soltó  Renné al ver al joven abogado.
--- Señora. --- Pronunció  Jasper . “¿Quién demonios es?”.
La cara le resultaba totalmente desconocida, aunque el auto le era vagamente familiar. Finalmente  recordó que había visto descender a Isabella, el primer día de trabajo. Analizó con rapidez los rasgos dela mujer, buscando un parecido que le diera indicios de su identidad, pero antes de que pudiera  decir algo, se vio abordado por ésta.
---- Es un placer conocerlo, soy Renné. ---- Dijo la mujer acomodándose la falda estrecha y demasiado corta. Le extendió la mano en un apretón fuerte y enérgico.
--- El placer es todo mío,  Señora…  ¿Swan? --- Concluyó el joven, recordando los datos del seguro de Isabella y tratando de recuperar su mano.
---  Solo Renné. Dentro de pocas semanas, el apellido Swan ni siquiera estará asociado a mi persona. En verdad debí tramitar con ustedes todo el papeleo del divorcio, pero no quería que pensaran que era una aprovechada. --- Cotorreó la mujer coqueteando descaradamente.
--- Vaya no lo sabía. Lo siento. Isabella no ha hablado de ello.--- Contestó Jasper con educación.
--- Pfssss, lo creo. Ella es…. muy reservada.  Puede que a veces hasta parezca rara. Eso se lo sacó al padre. Si sabré yo.--- Agregó la mujer, mientras sorbía el cigarrillo en un ademán que ciertamente quiso ser provocativo.
--- Un carácter reservado es una cualidad que valoramos en este trabajo.---- Acotó el abogado con diplomacia y defendiendo a la chica que ya había aprendido a valorar.
--- Seguro, seguro. Solo que aún me cuesta dejar de defenderla.---- Renné sonrió mostrándose maternal, aunque la frase anterior, cuestionaba su actitud.
--- Entiendo. --- Contestó Jasper. Aunque no entendía nada. ---- Bueno Señora, tengo que marcharme. --- Se disculpó el joven tratando de reanudar su camino.
--- Por favor llámame Renné. Me haces sentir mayor. ---- Renné sonrió con picardía.
--- Bien Renné. Un gusto. ---- Saludó Jasper con más intención.
--- Quiero que tenga mi número. Ya sabe… por si pasa algo con Isabella. --- Soltó la mujer, agarrándolo del brazo.
--- Creo que tenemos todos sus números. Pero nunca está de más. ---- Sonrió al responder con la mayor caballerosidad posible. Sacó el teléfono y comenzó a teclear.  
--- 555647276. Lo llevo siempre conmigo. Por la noche trabajo en el Blue Moose. De miércoles a domingo. --- Susurró la mujer con un tono de voz persuasivo.
--- Lo recordaré. Ahora si me disculpa. ---- Dijo Jasper .
--- ¿Cómo lo está haciendo? Ya sabe… Isabella. ---- Consultó la mujer, intentando prolongar la charla.
--- Pues excelente. Ha aprendido muy rápido y su desempeño no podría ser mejor. Hace tiempo que no teníamos una secretaria tan eficaz. ---- Jasper ni se detuvo a pensar porque debía ensalzar el carácter de la chica, pero su instinto no lo engañaba. Esa mujer no tenía a Isabella como favorita.
--- Yo siempre dije que era inteligente. Ve… eso lo sacó a mí. ---- Dijo Renné con coquetería.
“Dios no quiera” rezó en su mente, el abogado.
---¿ Quiere que le avise que está aquí? ---- Preguntó el doctor Hale , totalmente deseoso de culminar el encuentro.
--- No. Gracias. Ella sabe que la espero. Todavía falta un tanto. --- Respondió la rubia.
--- Aha um.  Bien. Nos vemos… Renné. ---- Saludó Jasper, mientras apuraba el paso.
“Esa mujer es un depredador” Pensó el joven, mientras entraba con urgencia al bufet. “Supongo que Bella se parece al padre”.
--- Bella. Acabo de ver a tu madre. ---- Soltó Jasper  apenas entrando.
Isabella se tensó ante la frase. La poca tranquilidad que había ganado en ese par de minutos, se esfumó ante la posibilidad que su madre intercambiara algunas palabras con sus nuevos jefes. “Solo Dios puede saber, lo que su boca es capaz de  largar”.
--- ¿Ah sí? ---- Contestó sin dejar de mirarlo.
Tomó un abridor de las cartas y lo escondió en su regazo tras el escritorio.
--- Es una señora muy sociable. ¿Sabes que te está esperando? ---- Consultó el amable legista.
--- Sí. Ella teme que  vaya sola a casa. --- Contestó con voz trémula. La verdad más simple no podía ocultar la desconfianza de su madre, pero era mejor responder algo, antes de que comenzara a preguntar de más.
---  Las calles están muy peligrosas. Además sales  tarde. Ya hemos terminado de reacomodar el archivo. Le diré a Edward que te empiece a desocupar más temprano. --- Concluyó  Jasper ya girando hacia el pasillo.
--- No. ---- La voz salió aguda y más alta de lo normal. --- No por favor. Avanzo mucho en ese tiempo y realmente necesito el dinero de las horas extras. --- Explicó la chica, con otra verdad que ocultaba del todo,  la necesidad de permanecer un tiempo más  con Edward Cullen.  
Disfrutaba en forma culposa, esas horas de exclusiva soledad con su otro Jefe. Su Jefe mandón y cascarrabias.
---  Bien. Si cambias de idea, solo tienes que decírmelo. ---- Hizo una pausa volviéndose sobre sus pasos. Se paró frente al escritorio. ---- Isabella… Recién me entero de que tus padres se están divorciando. Sé que no hace mucho que nos conocemos, pero si en algo podemos ayudarte, pues ¿No sé? Un adelanto de dinero. Ayuda legal. Lo que sea. No dudes. --- Aplicó el rubio abogado.
--- Gra  cias. ---- Dijo Bella con voz entrecortada.
Como explicarle a este amable extraño, que no tenía idea que sus padres se estaban separando.  La congoja se concentró en un suspiro y dio un apretón más severo a la hoja que sostenía en su puño. No era de extrañarse que Renné hubiese tomado esas medidas. Ya hacía tiempo de la marcha de su padre.
 “¿Qué harás Papá? ¿Dónde estarás?” Relató su mente, mientras los recuerdos le anegaban el presente.
Se ufanó por encontrar  imágenes  de un tiempo de risas compartidas y calor de hogar. Pero solo recordó las frías noches,  frente a la cantina. Su madre fumando nerviosa y mandándola una y otra vez a pedirle a su padre que marcharan. A veces estas esperas se volvían 2 o 3 horas, en las que se refugiaban en la patrulla, esperando…. esperando.
Su padre siempre volvía con dulces en los bolsillos. Era algo que no olvidaba por más borracho que estuviera. Su hermana Jessica y ella, le recibían con un torpe abrazo, hurgando el saco en busca del premio.
Charlie nunca fue un hombre violento para con ellas, solo desataba su lengua filosa y pesada por el alcohol, cuando Renné comenzaba a hostigarle. Los reproches pronto se tornaban  frases hirientes y a poco se transformaban en una batalla de insultos.
De repente volvió a ser la chiquilla asustada, acurrucada al lado de la cama de su habitación. Oyendo como sus padres se gritaban con toda una galería de improperios y malas palabras que ningún niño debería escuchar. A su lado,  su pequeña hermana le miraba con ojos asustados, mientras torrentes de lágrimas anegaban sus mejillas regordetas. Bella la mantenía abrazada, sin derramar una sola lágrima. Contenía su espanto… su dolor, en una mueca templada.
No podía asustar más a su hermanita. 
Flashback
--- ¿Quieres un dulce? --- Le decía a Jessica, para distraerla.
Peló un caramelo y se lo entregó, mientras escuchaba con atención como algo se estrellaba contra la pared.
Ruido a vidrios rotos.
Sin dudar corrió escaleras abajo, solo para oír como el griterío seguía.
--- Estás loca. ¿Cómo vas a tirarme con eso? ---- Gruñó Charlie observando el desgrano de vidrios esparcidos por el suelo.
Como un borrón, observó a su padre tambalear y esquivar objeto, tras objeto en esa suerte única que tienen los borrachos.
--- No estoy loca. Solo tengo mala puntería. Debería habértelo partido por la cabeza. --- Gritó Renné arrojando otro objeto.
Isabella solo quería que pararan.
Tal vez solo quiso  llamar su atención y por eso tomó uno de los vidrios y se lo pasó por el antebrazo.
La ráfaga de dolor, le quitó el aire con el que iba a gritarles para que se detuvieran. Pero su pequeña mente solo pudo conectar que esa sensación quemante que escapaba en un corte limpio, era  aturdidora y menos dolorosa que el escuchar a sus padres, maltratándose.
Sus oídos se cerraron y la escena fue menos importante…  tanto que su corazón comenzó a bombear más pausado y su respiración se acompasó a un tranquilo expirar e inspirar.
En ese estado, subió a la segunda planta y dejó  correr el agua sobre la herida. Era poco más que un arañazo y no era particularmente fea. Apenas una línea que ya había dejado de sangrar y cuyos bordes perfectos comenzaban a coagular. Estaba inmune a todo lo que pasaba a su alrededor. Solo la maravilla de ver su cuerpo sanar.
El hecho se volvió un hábito que ejecutaba con pericia. Hasta que un error de cálculo la descubrió ante el resto y terminó… en el Psiquiátrico de Olympic.
Fin flashback
El acero del abrecartas, aún permanecía en su puño. Apretó el filo y cerró los ojos, buscando el alivio, pero una voz le interrumpió.
--- Señorita Swan. Venga. ---- Conjuró esa voz aterciopelada que despertaba un hormigueo instantáneo en su piel.
Ella olvidó todo. Esa voz daba una orden y su cabeza se despejaba. Dejó el objeto cortante y observó cómo una línea rojiza le cruzaba la palma. El filo no había llegado a cortarle.
Se apresuró hacia el despacho. Edward Cullen estaba con su socio.
---- 6 copias de esto.  --- Ordenó sin mirarla.
Su gruñón jefe deslizó un papel sobre la mesa, sin mirarla y con la vista fija en un escrito.
--- Bien. ¿Desea un café? ---- Consultó la joven, dirigiéndose a Jasper, pues la indiferencia de Cullen le hizo un vacío en el pecho.
--- No gracias Bella. Ya me marcho. Son casi las seis. ---- Contestó el rubio con una sonrisa que ella imitó.
--- Yo si quiero un café.  ¿No va a ofrecérmelo?  ---- Dijo Edward oprimiendo las mandíbulas en un gesto que le llenó de aprensión.
Bella miró la taza que estaba sobre el escritorio. Parecía intacta con el contenido casi lleno. Se la había llevado apenas unos minutos antes de que ingresara el otro abogado.
Edward adivinó la mirada y con tono secó, agregó.
---- Estaba frio.  ---  Y empujó la taza en su dirección.
“No cuando lo traje, quince  minutos atrás” Gruñó Bella en su pensamiento, mientras se debatía ante su propio malhumor.
--- Enseguida le traigo, señor. ---- Dijo con voz apacible y otra vez  centrada en ser lo más profesional posible.
Salió con sus acostumbrados trancos hacia el pasillo, mientras Jasper la observaba con cierto mohín humorístico.
--- ¿Qué? ¿Cuál es el chiste? --- Soltó Edward con voz de reto, más que pregunta.
--- Es que me hace acordar a un potrillo recién nacido. ---- Pronunció Jasper sin poder ocultar la sonrisa.
Edward Cullen absorbió la imagen metal de su amigo y debió reconocer que el andar desgarbado y sin gracia, claramente le recordaba el aspecto asustadizo y torpe de un potrillo. Aun así, negó con la cabeza ante la ironía de haberse sentido tan excitado  y por contraparte, lleno  de ternura ante  la evocación de la  muchacha.
--- No sé si reírme o retarte,  Jasper. ---- Contestó Edward, levantando por fin la mirada.
--- Rétame y no te contaré de mi encuentro con la madre de Isabella. Esa sí que es una yegua. --- Adujo el joven, arrastrando la última palabra.
--- Jasper Hale. --- Soltó Edward.
--- Pero si lo digo con todo el orden de la animalidad. Esa mujer es un caballo de carreras, pero en muy buena forma. Te juro que se me insinuó de una forma imposible de obviar. Hasta me dio su teléfono.--- Declamó el rubio con humor.
--- No te estarás pensando liar con la madre de la señorita Swan. --- Dijo Edward Cullen con voz sombría.
--- Por favor Edward. Acaso me crees capaz. Soy un hombre feliz mente casado y ---- Estaba a punto de revelarle que su hermana Alice estaba embarazada, cuando su cuñado le interrumpió.
--- Entonces… ¿Qué ibas a contarme? --- Inquirió Edward sin ocultar su interés.
Todo lo que se refiriera a su inocente secretaria, le provocaba una inquietante curiosidad.
---Pues quería contarte que la madre, la espera  hasta que ella salga. No sé si cree que tiene doce años o qué. Además me contó que se está separando del padre de Bella y por lo que se ve, busca reemplazo.  En verdad no me cayó nada bien, aunque la veterana se la ve  en buena forma. Nada que ver con el cuerpo de mi secretaria. ---- Completó  Jasper,  buscando la ironía fácil.
--- Nuestra…  secretaria. --- Corrigió Edward, justo cuando Bella volvía a ingresar.
Jasper se puso de pié, mientras observaba como la chica depositaba una taza humeante sobre el escritorio y su socio-cuñado volvía a concentrarse en el escrito.
“¡Qué demonios!” “¡Oh por Dios!”  Se carcajeo Jasper mentalmente.  Desde esa posición observó con asombro que las letras del dichoso escrito estaban al revés.  Aun así, Edward Cullen se afanaba en un mal disimulado interés por leer algo que estaba patas arriba.
Casi explota en una carcajada. “Está cruzado con la chica. Por Dios. No veo la hora de contárselo a Alice”
--- ¿Qué? --- Reprendió Edward al observar a su cuñado, que le miraba con una mueca estúpida.
--- Nada, nada. Hasta mañana Edward. Bella… hasta mañana. --- Y Jasper Hale se fue con una sonrisa de oreja a oreja.
Isabella lo observó marchar en silencio. Soltó un profundo suspiro, que hizo levantar la cabeza al abogado.
--- Algo más Señor. --- Preguntó Bella con una media sonrisa, al ver que la observaba.
Esa media sonrisa  dulce y tranquila, que enervaba en la forma más carnal, a su oscuro Jefe.
--- Rellene esa trampa y ponga otra más. --- Ordenó Edward retomando su plan de provocarla a la espera que se quejara o se negara a tocar las trampas para ratones.
Ella aseveró con la cabeza y fue a buscar los cebos de queso, mientras el abogado se ajustaba la corbata y pasaba la mano por el cabello, desordenándolo en un gesto nervioso.  “¿Por qué no reacciona? “
Maldijo en su pensamiento al verla volver y agacharse en cuatro patas para cambiar los cebos. “Santo cielo, va menear su culito por toda la sala” Gruñó para sus adentros, mientras indisimuladamente fijaba su vista en el contoneo sensual de la chica. “Como quisiera acercármele y agarrarle ese delicioso trasero”
--- Los ratones se meten detrás de los sillones, Bella. Que sea de difícil acceso no significa, no cuidar toda posibilidad. --- Le dijo en el afán de verla desplazarse en esa posición, un rato más.
“Soy un maldito desgraciado” Pensó al arrepentirse inmediatamente de lo que le había ordenado. Para su desgracia, la chica ya le obedecía y con un inocente movimiento se agachó por debajo de un mueble para alcanzar otra trampa. Su trasero se elevó…
“Maldición, maldición” Su cuerpo se tensó, ganándole varios grados de temperatura, mientras con gesto automático se ajustaba el nudo de la corbata.  Por segunda vez en el día, Edward Cullen se encontraba en la desesperada necesidad de hacer abdominales.
Ajena a la atracción lujuriosa que su actitud provocaba en su Jefe, Bella vio el paquete de donas tiradas en el papelero.
--- Oh. --- Soltó en un soplido. “Las tiró”
El sentimiento de desazón y desprecio, volvió a corroerle las entrañas y con rudeza, tomó la trampa, manipulándola torpemente. Si él hubiese visto su rostro en ese momento, habría descubierto que su secretaria no era tan impasible como creía.
--- Deme eso. --- Pidió con voz ronca al ver que la chica no atinaba a colocar el cebo.
Ajustó el mecanismo con delicadeza y firmeza. Bella no pudo menos que mirar embobada como esos dedos delgados y largos ajustaban la trampa.
--- Gracias. --- Respondió ella, mirándolo con adoración. Ya se había olvidado de las donas.
El abogado no pudo refrenar la sonrisa de satisfacción. Solo fue  un segundo y volvió a su gesto severo. De reojo, la vio colocar la última trampa.
Bella se agachó por encima del sillón, tomándose ligeramente la pollera, la cual se subió varios centímetros dejando al descubierto un muslo blanco y terso. Firme e inmaculado a no ser por las 4 banditas estériles.
Edward estaba fascinado por el espectáculo del redondo trasero de la joven, pero al ver las heridas ocultas, le dio ganas de besarlas.
Ella se giró, como presintiendo la mirada quemante del hombre.
El no quitó su mirada, desafiándola a que dijera algo.
Ella se asustó, dejó caer la trampa y corrió a su escritorio.
Quería desaparecer… él la había mirado de una forma que le atravesó el alma, pero no tuvo tiempo de huir, pues el teléfono repiqueteaba, con insistencia.
--- Despacho de Cullen y Asociado. ¿Puedo ayudarlo?--- Contestó con voz agitada, mientras su cabeza  rememoraba lo sucedido.
Escuchaba a su interlocutor,  cuando una rubia, con figura de modelo entró al despacho. Impecablemente vestida con un traje beige y abrigo al tono. Un collar de perlas auténticas adornaba su delgado cuello y un portafolio de fino cuero complementaba el atuendo.
--- Estamos muy satisfechos con nuestro servicio telefónico. Muchas gracias.--- Respondió Bella, al teléfono, mientras le hacía seña con la mano, para que la mujer esperara.
--- ¿Él está? ---  Dijo la rubia con impertinencia e Isabella no dudó que él… era Edward Cullen.
--- Un momento, por favor. --- Le dijo a la mujer. ----  Tiene razón es una gran oferta. --- Bella se vio obligada a responder al  insistente llamado telefónico, que continuaba parloteando por la línea.
--- Voy yo. --- Anunció la rubia con aire de superioridad.
--- Un minuto por favor. --- Volvió a pedir Bella a la vez que contestaba también el llamado. --- Si entiendo.
--- ¿Sumisa? --- Preguntó  la rubia, parándose frente al escritorio y escudriñándola con incredulidad.
--- ¿Disculpe? ---- Expresó Bella, absolutamente asombrada del comentario fuera de lugar de la mujer.
Bella sabía lo que el término significaba y ni siquiera podía analizar lo que esto representaba para su propia interpretación. Pero ese día no podía agregar otro insulto más a su estima. Estaba muy al límite y lo que iba a pasar, la empujó aún más.
--- ¡Edward! --- Gritó la rubia con un aullido histérico.
FIN DE CAPÍTULO

1 comentario:

  1. mmm delicioso, gracias por esta estupenda historia que se está poniendo muyyyyy interesante. Espero ansiosa el proximo, he llegado a ti por mi amiga LAmelie que no se equivoca cuando dice que tu fic es impresionante. Graciasssssssss

    Un beso

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