martes, 9 de agosto de 2011

CAPITULO 3

LA FORTALEZA DE LA SOLEDAD (y no es Superman)
Edward Cullen meneó la cabeza en forma negativa, al centrar su mirada sobre el espejo del pequeño baño.
No había sido el mejor día y si hiciera competencia con el resto de las últimas semanas, tampoco estaba seguro de que fuera el peor. Las horas transcurridas no le habían deparado sino sinsabores, pequeños problemas en el juzgado, averías en su coche, retrasos en el despacho, la secretaria de turno que en vez de facilitarle el trabajo, parecía decidida a hacérselo más imposible… Todo indicaba que debía poner fin ya a aquella ingrata jornada, pero mirando su caro reloj, vio que apenas eran las cuatro de la tarde.
Un pequeño golpe sobre la puerta, le alertó.
- “Es que ni en el baño puedo tener un minuto de paz” ¿Qué pasa señorita Weber? – Gruñó el abogado a la vez que ajustaba el nudo de su corbata.
- Soy Jasper. – Respondió una voz tras la puerta.
El abogado abrió, sin quitar su cara de disgusto, pero siendo Jasper Hale su cuñado y socio desde hace un tiempo; era uno de los pocos allegados que no se amedrentaba ante la hosquedad de su trato.
- ¿Y ahora qué es lo que pasa, Jasper? – Preguntó Edward componiéndose.
El hombre, dudó un momento, se acomodó distraídamente el cabello rubio engominado y carraspeó:
- Creo que tenemos que llamar a un exterminador. – Sentenció el joven abogado.
Edward Cullen abrió los ojos, asimilando las palabras de su cuñado, cuando un tintineo de tazas chocando, le hizo girar. La muchachita tembló asustada, mientras con torpeza trataba de equilibrar una bandeja. Era una joven no muy alta, de complexión delgada, tez morena y unos brillantes ojos negros enmarcados en unos horribles marcos de carey.
- Les dejo su café. – Explicó con voz tímida a la vez que asentaba la bandeja sobre el escritorio. Más decir que parte del contenido ya había sido volcado. – La nota para el señor Flemming. – Agregó la morena, dejando un escrito en la mesa.
El abogado apretó sus labios en una fina línea, la chica desapareció casi corriendo del despacho y volviéndose a su cuñado, dijo:
- No vamos a contratar a un profesional. Puedo matarla yo mismo. – La frase podía ser broma, pero el gruñido en que fue pronunciada, le volvía atemorizante.
- Edward… Es la que más nos ha durado. Si pudieras ser más gentil y tratarla con delicadeza, tal vez… - Intentó conceder Jasper.
- Tal vez podríamos tomar una taza llena, en vez de media. – Le cortó Edward sorbiendo el resto del café y poniendo cara de asco. – Encima está aguado. No puede, ni siquiera hacer un café decente.
Jasper tomó el brebaje sin poner caras y aunque le resultó desagradable, se negó a demostrarlo. En verdad Angela Weber era la secretaria que más había durado. Casi 6 meses y eso era un record. El desfile de personal había sido incesante en los años anteriores; tanto que el mismo Jasper había mandado a hacer un cartel de madera que rezaba “Se busca secretaria” para colgar en el frente del edificio.
El doctor Hale, miró a su cuñado y por enésima vez, se preguntó si no debía presentarle a alguien. Tal vez si tenía un encuentro amoroso, se le quitaría lo intratable. Al mismo tiempo recorrió la posible lista de amistades femeninas que se le venían a la cabeza y lo negó. Ninguna sería capaz de aguantarlo.
Edward Cullen no era una mala persona, pero su trato distante y a veces prepotente, amedrentaba a muchos. Era sumamente eficaz en su trabajo y cuando centraba su atención en un cliente, podía ser seductoramente amigable o tercamente despiadado. Esa férrea confianza le había proporcionado una buena cartera y a sus 29 años, tenía un pequeño bufett y una marcada reputación en el estado. Muchos de sus casos se llevaban a cabo en los estrados de Seatle, pero éste se negaba a vivir en aquella ciudad, viajando los 90 kilómetros que había hasta allí, hasta dos veces al día. Incluso Jasper le había planteado la posibilidad de tener un pequeño apartamento en la ciudad, pero se había negado de lleno. La verdad es que la madre de Edward, vivía allí y esto bastaba para que pusiera la mayor distancia posible.
Edward y Alice habían sido casi criados por los abuelos maternos, tras el divorcio de los Cullen. Amparados así de las continuas luchas de poder entre un par de padres ausentes y poco demostrativos. Por un lado Carlisle Cullen, ilustre abogado de Chicago, mujeriego y jugador compulsivo. Por otro lado, Esme Platt una prestigiosa arquitecta que se codeaba con lo mejor de la sociedad de Washigton. Jasper la consideraba una agradable señora, si olvidaba su aire snob. Tampoco era ajeno a la distancia que su misma esposa, Alice, había impuesto al irse a vivir a Forks con su hermano, apenas salida de la escuela en donde permaneció internada casi toda su niñez.
Ambos habían sido participe de una larga lucha de vanalidades, pasando unos meses con uno y luego con el otro, pero en realidad eran los sirvientes quienes se ocupaban de ellos. Esto había marcado mucho el carácter de los hermanos. Edward era claramente el más afectado, su reserva era absoluta. No poseía amigos, no frecuentaba gente y su última relación sentimental había acabado hace exactamente tres años atrás.
Jasper le conocía de la Universidad y si bien no podía decirse que habían sido amigos, le sorprendió cuando 4 años antes le invitó a formar una sociedad. Poco después le presentó a su hermana y el resto es historia.
Agradecía el hecho de haber formado una familia y la frágil Alice era su mayor tesoro y por ende soportar el carácter de su cuñado era parte del convenio.
El joven abogado Hale suspiró profundo y volvió al tema.
- Edward, no me veo defendiéndote si matas a nuestra secretaria. En todo caso la próxima, porque sé que la habrá… déjamela escoger a mí. Con suerte encontraré a un ex marine degradada a oficinista que sea capaz de cumplir con el horario de 8 a 18 sin sucumbir a tu tiranía.- Pronunció con humor.
- Yo no soy un tirano. ¿Acaso no puedo pedir que el trabajo se haga bien? – Contestó Edward, ajustándose de nuevo la corbata y Jasper se dijo a si mismo que era hora de abandonar la cruzada.
- Vamos al tema del exterminador. Ayer Rosalie al sacar unos archivos, me hizo notar que habían sido mordisqueados en la punta y hoy revisando encontré unas cosas negras que creo, son excremento de rata. – Se apresuró a decir Jasper.
- ¿Ratas? – Pronunció el abogado con incredulidad.
- Y que esperabas, estamos a inmediaciones de la periferia y el altillo es un tiradero para plantas. – Protestó Jasper sin alzar la voz.
- No son solo plantas. Son orquídeas y no es un tiradero, está todo perfectamente limpio y ordenado. – Respondió Edward alzando el mentón.
No estaba acostumbrado a tener que excusarse por sus acciones y el hecho de que Jasper le planteara sobre el lugar donde se dedicaba al delicado cuidado de sus amadas flores, era algo que lo exasperaba. Cultivar orquídeas comenzó como un hobby, luego se transformó en su principal pasión. Su única pasión.
- Yo me haré cargo. – Contestó Edward con su mantra.
- Como digas. Voy a terminar con mis notas. Mañana me voy al juzgado directo y luego paso a contarte como me fue con el caso de Richard Haran. ¿Podrás excusarme el resto de la tarde? Necesito realizar un trámite. – Consultó Jasper.
Edward asintió con la cabeza y se reprimió para no mostrarse descontento con el pedido. Eso era lo malo de tener un socio. Debía dar concesiones y no era un tipo de darlas, pero al estudiar la refinada postura de su cuñado, pensó que así lo había resuelto cuando años antes decidió emparentarlo con su hermana. Cuando Edward Cullen se decidía algo, era una empresa imparable. Desde su tierna adolescencia había decidido que no dejaría nada librado al azar, incluso sus afectos. Su hermana necesitaba alguien que cuidara de ella y aplacara su efusividad. Jasper Hale era el candidato perfecto, caballeroso, meticuloso, paciente, inteligente, apuesto y esto aportaría buenos genes. Sutilmente había comenzado a insinuarle a Alice, cosas relacionadas con la maternidad y los niños.
El mismo se había negado a la posibilidad de llegar a tener familia después de que tres años atrás, desistiera de una relación con una colega. Ahora estaba decidido a ser tío y en ello se aplicaba, aunque nadie más que él, supiera de su anhelo.
- ¿Llevarás a Alice al médico? – Preguntó cómo al descuido y sin levantar la cabeza de los papeles. Si ese era el trámite, comprobaría que los comentarios a su hermana, habían dado en el blanco.
- Solo una revisión de rutina. ¿Te ha dicho algo? – Indagó Jasper, sonrojándose.
- No. ¿Está enferma? – Preguntó con sequedad, encubriendo la emoción de ver encaminado sus planes.
- Un chequeo, nada más. ¿Si quieres puedo pasarme a última hora? – Insistió Jasper, preocupado de dejar tanto tiempo a Angela Weber, con el mal carácter de su socio.
- Me haré cargo. – Volvió a recitar su mantra.
Antes de que el abogado Hale se retirara del despacho, observó cómo Edward se transformaba. La vena de su cuello, comenzó a sobresalir y su piel adquirió un tono rojizo. La mandíbula crujió y se ajustó la corbata. Mala cosa.
- Señorita Weber. – Llamó por intercomunicador y Jasper se volvió sobre sus pasos. De ningún modo se permitiría perder otra secretaria, hasta que se presentara una postulante al puesto.
- Edward, por favor. – Pidió el joven.
No acabo de decirlo, cuando una nerviosa señorita Weber apareció, en el rellano de la puerta.
- Me mandó llamar, señor Cullen. – Dijo la chica, estrujando las manos.
Éste miró por un instante los morenos dedos que estaban a su altura. Estaba a punto de gritarle, pero se había decidido calmar ante la presencia de su socio que no parecía tener intenciones de abandonar la oficina.
- Señorita Weber. ¿Sabe cuánto gastamos en el papel membretado para el bufett? – Murmuró Edward con cierto aire encantador.
- Sé que bastante. – Respondió Angela.
La joven sonrió desconcertada por el tono amistoso de la plática.
- Y sino llevo mal la cuenta… ésta es la tercera nota que ha tipeado hoy, dirigida a Carter Flemming . – Resaltó quitando el tono condescendiente.
- Sí. – Titubeó la muchacha.
Él extendió la hoja por sobre el escritorio y la empujó hacia ella. La secretaria recorrió con la mirada toda la nota buscando los errores que probablemente se había deslizado y no encontrándolos, maldijo en silencio al adonis griego que tenía por Jefe.
No pudo dejar de temblar al levantar su vista y posarse en los encantadores ojos verdes que ahora la miraban centellantes. Por esos mismos ojos y la escasa sonrisa que a veces le dirigía, se había mantenido en ese puesto por unos larguísimos 6 meses. Él bufó exasperado al ver su reacción y pasó sus largos dedos por el cabello broncíneo en un ademán, que hizo a la chica, odiarlo aún más. “Como puede ser tan endiabladamente sexy”, pensó Angela Weber distrayéndose en el movimiento.
- ¿Supongo que no le ve nada de malo? – Edward mordió las palabras, sacándola de su abstracción.
Jasper carraspeó, llamando su atención. Edward le miró con una ceja alzada. Suspiró profundamente. Luego abrió el cajón izquierdo de su escritorio y sacó una fibra roja. Tomó la nota y remarcó en un trazo concéntrico al destinatario.
- Entonces tenga a bien, tipearla por cuarta vez. Si no es mucha molestia, sería tan amable de poner el apellido de nuestro estimado cliente, correctamente. O sea: “Car -ter Fle - mming” con doble m. ¿Entendió señorita Weber? – Concluyó el abogado, remarcando exageradamente el error y con clara sorna.
- Si señor Cullen. – Tartamudeó la chica, tomando la hoja y saliendo apresuradamente del lugar.
- ¿Fui lo suficientemente atento? – Preguntó Edward a su socio, con clara ironía.
- Hace una semana que puso el aviso en el diario. Ten un poco de paciencia. – Dijo Jasper meneando la cabeza. – Esta tarde hablaré con ella.
- Yo la contraté. Yo hablaré con ella. – Cortó Edward con tono autoritario.
- Dame esa concesión o al menos permíteme que me organice con mi hermana para que ocupe el puesto temporalmente. Por si Angela decide tirarte un jarrón por la cabeza. – Dijo Jasper, recordando porque habían quitado todos los adornos del pasillo.
Edward gruñó y Jasper se dijo que había tentado demasiado a la suerte.
Las horas para que finalizara el día se hicieron eternas. Al fin decidió dejar de lado la charla con su secretaria, para el día siguiente. Ya había tenido demasiado por hoy.
Llegó a su casa, en las afueras de Forks. La había heredado a la muerte de su abuela, Elizabeth Masen. Era una propiedad soberbia, de dos plantas y con amplios ventanales. Se cambió de ropas, vistiéndose con pantalones deportivos y una sudadera. Luego se esforzó por 15 minutos en la cinta caminadora, hasta que agotado se dispuso tomar un baño. La fuerte presión de la ducha, relajó los músculos tensos del cuerpo y dejando correr el agua caliente, deslizó su mano por los pectorales y el esculpido abdomen. Normalmente utilizaba el momento de la ducha para descargar su apetito sexual, pero últimamente se sentía tan abatido que ni siquiera el recuerdo de Tanya, habían logrado encenderlo, lo que hacía más frecuente su frustración.
Tanya Denali, una hermosa colega con la que había compartido casi un año y medio de noviazgo; era una encantadora mujer, esbelta y delicada. Sus curvas sinuosas lo habían enloquecido y casi creyó haber encontrado su compañera ideal. Inteligente y apasionada, lo había complacido de numerosas maneras y hasta había confiado en ella para compartir su gusto por algunos juegos sexuales. Pero hasta allí funcionó la compatibilidad. Ambos eran demasiado dominantes para establecer una relación, más allá de la cama.
Dejó de pensar en el cuerpo de Tanya sin lograr ninguna reacción. Se vistió con un albornoz azul oscuro y bajó a la cocina para calentar en el microondas una bandeja de comida pre cocida. Saboreó la pasta con desilusión; no reconocía el sabor casero que le rememoraba a su nona Eliza. Tras casarse Alice, varias veces pensó en poner una empleada para que limpiara y le cocinara, pero la idea de que alguien tocara sus cosas, le desagradaba y había prescindido de ello.
Lo que más le molestaba era la poca variedad de comida saludable en la góndola del supermercado. De niño había tenido problemas de sobrepeso, pero al crecer había logrado modelar su cuerpo. Un aspecto más de su vida que había controlado y eso le ayudó a integrarse al ambiente de la preparatoria. Para cuando tenía 16 años se había convertido en un atractivo joven, alto, atlético, aunque muy tímido. Casi no salía de la casa de sus abuelos y gracias a ello, conoció a Leah.
“Cielos, Leah” pensó Edward Cullen, humedeciéndose los labios.
Leah Clearwater era una joven de la reserva Quileute que trabajaba en la casa de sus abuelos. Recordó con añoranza el apretado modelito de mucama y el disfrute de una nueva sexualidad bajo sus expertas manos. Miró hacia la sala contigua, donde…

Flashback – 13 años atrás.
Bajaba la escalera desde su cuarto, cuando se quedó varado. Observó la falda negra, que apuntaba un espectacular trasero en su dirección. El maldito uniforme era tan corto que adivinaba la tanga de la muchacha. El espectáculo no podía ser más sexy, sobre todo para un hormonal adolescente de 16 años, que no dejaba de fantasear con la bonita sirvienta que intencionalmente se contoneaba a su alrededor. Muchas veces él creyó que ella le coqueteaba, pero ante su inexperiencia, no había reaccionado.
De todo modos, la imagen lo alborotó tanto, que sin pensar le dio una fuerte nalgada con su mano plana. Al instante, se dio cuenta de lo que había hecho y se puso totalmente rojo. Empezó a balbucear una disculpa, pero Leah volvió su rostro y extendió una sensual sonrisa. Algo despertó dentro de su interior y Edward volvió a plantar una nalgada en las prietas carnes y el gemido bajo de la joven, irrumpió en la sala.
Enloquecido por la reacción de la chica, se apresuró a tomarla por las caderas y apoyar obscenamente su erección contra ella, comenzando una danza que no supo manejar y terminó corriéndose lamentablemente sobre sus pantalones.
El episodio podría haberlo avergonzado de por vida, a no ser por la invitación que vino después.
- Niño Edward. ¿Quiere venir a mi habitación a cambiarse? Yo soy buena quitando las manchas. – Sugirió la muchacha entornando sus parpados en un coqueto mohín.
Edward no recordaba bien, que había contestado o si en verdad había hablado. De lo único que era consciente, es que a poco, estaba en el cuarto de Leah y ésta le estaba proporcionando una felación memorable.
Su lengua recorría con avidez la longitud de su virilidad, mientras con una mano le rodeaba en acompasadas pulsaciones. Lo más erótico era los ojos de la chica, oscurecidos de deseo, que no dejaba de observarlo mientras lo consumía lentamente. Esa lentitud era lo que más le provocaba y en un desesperado intento de acercar el éxtasis, enredó los cabellos de la chica y empujo su cabeza para marcar el ritmo de la succión. Ella se sometió al juego, cerrando los ojos y quedándose quieta, mientras él se abandonó al placer de embestir su boca, hasta que el disparo liberador llegó.
Los juegos siguieron en toda una tarde de descubrimiento. Ella era una experta y él fue un buen alumno, que aprendió a recibir y dar placer con generosidad. Al llegar a los 18 años, Edward pasaba 5 noches de la semana adquiriendo destrezas amatorias en la cama de Leah. Con ella descubrió las prácticas oscuras de la dominación y ella dejó de llamarlo “Niño Edward” para gritar “Amo Edward” cuando éste la sometía con dureza. Por ese entonces, él estaba convencido de amarla y creía ciegamente que era correspondido. No fue hasta que ella presentó su renuncia por que su novio quería que dejara de trabajar, cuando Edward descubrió que la joven tenía una vida fuera de la casa y estaba a punto de casarse.
En un último desesperado intento, le rogó para que se quedara, pidiéndole que se casara con él. Leah le sonrió de una manera comprensiva, explicándole que había gozado de su cuerpo, pero que en modo alguno había llegado a quererlo de esa forma.
Fin Flashback

La decepción fue demasiada como para que intentara arriesgar su corazón de nuevo y hasta Tanya, nunca más quiso formalizar con alguien. Se había jurado a si mismo que nadie más tendría control sobre su cuerpo y menos de sus emociones, por ello cuando la exuberante abogada dio terminada por la relación, con el pretexto que se había vuelto “Demasiado intenso”, se refugió sin lamento en trabajo y más trabajo.
Rememorar el cuerpo de Leah, debería haberlo despertado, pero con desolación, miró hacia la entrepierna donde un flácido amigo, descansaba sin mira de volver a levantarse. “Esto es un asco. Definitivamente me he vuelto asexuado” Pensó Edward acurrucándose en la mullida frazada y buscando en el sueño, el reparador descanso a sus problemas.
La mañana llegó muy rápido y el descanso, escaso. Encima se oía el tintineo incesante de la lluvia sobre los cristales, lo que hacía irresistible pasar unos minutos más en cama. Eso pensaba, cuando accidentalmente se cortó al afeitarse. Solo dos gotas rojas se deslizaron por el lavado y Edward pensó “Sangro. Todavía soy humano”. Se aplicó un apósito y se apuró a vestir con un elegantísimo traje gris, una impoluta camisa blanca con corbata a tono y encima el impermeable. Como era habitual, llovía en la península de Olympic y conducir con precaución por la resbaladiza calzada, no mejoró su ánimo.
Cuando cruzo la puerta de su despacho, encontró el rostro de Angela Weber y por un momento se lamentó, no haber aceptado que Jasper se hiciera cargo del despido.
- Buenos días señor Cullen. – Saludó la secretaria, tomando su abrigo para colgarlo en el perchero.
- Que tienen de buenos. – Gruño sin mirarla. – Hoy el Doctor Hale, estará en Tribunales y sus asuntos serán pasados a mi oficina. Necesito que le prepare los expedientes de Zoo Travel y de Martin Scott para la señorita Rose. Quiero que antes del mediodía estén todas las notas para la firma, sin errores y … Señorita Weber… quiero mi café. – Por un segundo estuvo por apuntarle como quería que lo preparara, pero desistió comprendiendo que si en 6 meses no había aprendido a hacerlo, era inútil que se lo recalcara ahora.
Se alejó con paso elegante hacia su despacho y se sumió en el pepeleo, hasta que pasada media hora, fijó su atención en el reloj. “Que mierda pasa con mi café”
- Señorita Weber. – Susurró conteniéndose el genio. Todo el mundo sabía que no funcionaba sin cafeína en su sistema.
- Si señor Cullen. – Contestó la vocecita por el comunicador.
- ¿Qué pasa con mi café? – Mordió las palabras, deletreándolas despacio, por si la falta de atención de la chica, le impedía entender la pregunta.
- He… he… tenido algunos inconvenientes con el agua. – Respondió Angela con claro temor.
- Venga señorita Weber. – Ordenó Edward Cullen y mentalmente se preparó para terminar de pasar las notas él mismo, pues no admitía que la ineficiencia de la chica siguiera interfiriendo en su trabajo, menos… con su café.
Mentalmente se preguntó, cuáles eran los motivos que le habían llevado a aceptarla en el puesto. Ciertamente no la había tomado por su apariencia, pues la chica era lo más parecido a un ratón de biblioteca, pero si mal no recordaba, ella había mostrado unas buenas calificaciones y una aparente profesionalidad. Eso no ameritaba que estuviera capacitada para atender la mesa de entrada. A pocas semanas se había dado cuenta de su error, pero la timidez de ella, lo alentó a tomarla como un proyecto. Con algún que otro cumplido intentó que la chica se desinhibiera, como esperando que su potencial despegara. Por más que puso empeño, era limitadisíma y solo podía rescatar la cualidad de su persistencia, pero la paciencia de Edward Cullen no era una cualidad.
- Señor Cullen. – La voz de Angela le llamó al presente.
La hizo sentar, señalando el lugar frente a su escritorio. Luego se levantó y prolongando el silencio, comenzó a desplazarse alrededor de la habitación, con pasos lentos y largos. La joven se achicó ante la intimidación a la que era sometida. En cierto modo se veía a si misma como una presa acechada por un león. “Un hermoso león” pensó, ya que aún en esas circunstancias estaba rendida de amor hacia su Jefe. Por supuesto que el prepotente abogado no se había percatado de ese detalle, ya que se hubiese desecho de la joven, mucho más rápido.
Cuando coordinó en su cabeza, lo que realmente quería expresar; él habló.
- Señorita Weber. ¿Podría explicarme… por qué no pudo servirme una simple taza de café? – La voz aterciopelada del abogado, sonó pausada y calma.
- Se… se había a… a… acabado el agua del dispenser. – Tartamudeó la joven.
- ¿ Y no tenemos otro de repuesto? – Consultó él, sin perder la compostura.
- Era demasiado pesado para ponerlo sola. – Contestó la muchacha con plena convicción de que iba a ser despedida, tan solo por no servirle la preciada taza de café.
El caminó en sentido contrario y luego se situó convenientemente frente al escritorio. Desde su altura podía ver como la chica retorcía sus dedos en un ademán nervioso, haciendo sonar los nudillos.
- Por favor, deje de hacer sonar sus articulaciones. Es de lo más desagradable y ahórreme la pena de darle todo el discurso. Creo que posee la mínima inteligencia para saber que su desempeño ha sido lamentable. Esperaba poder contar con usted al menos un par de semanas más, pero a beneficio de mi salud mental, le pagaré completa la indemnización y la desafecto de sus funciones desde este mismo momento. – Todo el palabrerio fue dicho de un tirón.
Se apresuró a escribir el cheque y se lo extendió por sobre la mesa. Ella aún estaba en shock y no atinaba a recibírselo.
- Pero… señor. Si es el por el café… yo puedo hacerle el café. Ya mismo le preparo uno y verá que… - Balbuceó la muchacha entre medio de sollozos ahogados.
- Señorita Weber. Esto es todo. – Dijo Edward con tono cortante y severo.
- Pero yo no puedo irme. Por favor, por favor, voy a mejorar, lo juro. – Agregó la joven con desesperación.
De cierto modo, las lágrimas de una mujer, desarmaban la compostura del doctor Cullen, que hasta entonces había manejado con indiferencia una docena de despidos. Sabía contestar a los insultos, las amenazas y uno que otro espamento . La mayoría había renunciado incapaz de sostener el ritmo arrasador del jefe, pero otras habían sido cesadas sin ningún miramiento. Por regla general, todo acababa con la entrega del cheque. Ese mismo cheque que la señorita Weber se negaba a tomar.
De pronto la pena de la muchacha, fue demasiado para él.
- Angela. – La llamó en un susurro. – Angela, no te hagas esto. – Al instante de mostrarse vulnerable, Edward mudo su rostro a una máscara impasible.
- No, por favor. – Volvió a implorar.
- Señorita Weber. Despeje su escritorio y retírese. Recibirá la mejor recomendación de parte de la firma. – Sentenció el abogado.
Ella miró por última vez esos ojos verdes que alguna vez le parecieron hermosos, tomó de un tirón el cheque que le extendía y con toda la rabia, vociferó:
- Sabe, donde puede meterse su asquerosa recomendación… – Dijo Angela Weber con voz ronca y desconocida.
El elegantísimo Edward Cullen, retrocedió su metro noventa, al ver la reacción de la chica. El rostro encolerizado la recordó a la loca de Lauren Mallory, hace dos años atrás, cuando le arrojó el famoso jarrón y al ver que la chica se giraba buscando algo, se escabulló adentro del baño.
El ruido de vidrios rotos, no se hizo esperar y el abogado se autojustificó diciendo que no era cobarde, solo precavido.
Precavido de mantener su integridad física.
Por un par de minutos, la bataola continuó, hasta que todo se sumó en una aparente quietud, interrumpida de vez en cuando por sollozos amortiguados. Apoyó el oído a la puerta, buscando escuchar mejor.
- Aquí tiene su café, señor Cullen. – Se escuchó un último murmullo y todo fue silencio.
Al cabo de unos segundos, Edward Cullen salió del baño, inspeccionando con cautela los destrozos.
Sobre el escritorio, reposaba una taza llena de café. Él no pudo dejar de sonreír ante la imagen; pensando que era una broma de mal gusto. No supo ver en el gesto, el último detalle de una mujer que lo adoraba.
Estudió el contenido con desdén, pero aun así, lo llevó a los labios.
- Aguado y encima frio.- Su cara reflejo el desagrado. – Adios señorita Weber. – Declamó al aire y se dejó caer en el sillón, con peso muerto.
Ahora debía idear una estrategia para convencer a Jasper que la ida de la chica había sido totalmente pacífica y voluntaria. Recogería el desastre y con suerte, encontraría el teléfono de la cafetería de la esquina para que le enviaran un expreso doble.
- Hola. ¿Hay alguien allí? – Resonó una voz femenina, desde la recepción.
El abogado se tensó ante el sonido. El timbre casi infantil, le era desconocido, pero después del altercado su instinto le decía que era mejor, esconderse de nuevo en el baño.
- Hola. – Se escuchó más cerca.
No supo bien porque, pero permaneció en el lugar, observando la puerta entreabierta. Su corazón palpitó desbocadamente al sentir un perfume a flores que precedía a quién estaba detrás de ella.
De repente, una joven se apareció ante él. Parecía una niña, con el cabello húmedo pegado a su rostro y la enorme capa de lluvia de un subido azul eléctrico.
- ¿Quién eres tú? – Pregunto Edward, fijando su vista en unos enormes ojos color chocolate.

FIN DE CAPITULO.

1 comentario:

  1. Los cap que he leido estan muy interesante pero la pobre de Bella aparte de ser torpe tiene mala suerte ya que todo le pasa espero que en esta su suerte de un jiro de 180 grado para bien de la chica y el pobre de Edw porfin tenga a alguien por quien luchar y que le alegre los dias y no sea tan amargado ya que uno aprende de los errores y tropiesos que tenemos en el camino para encontral la felicidad

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