miércoles, 10 de agosto de 2011

CAPITULO 4

NOTA: Las oraciones que están entre “ ” son los pensamientos de los protagonistas.
ENTREVISTA DE TRABAJO
Isabella abrió sus ojos apenas escucho el ruido del despertador.
“Este es el día”. Pensó sentada en la cama.
“El día en que voy a comenzar mi carrera”. Había utilizado muchas horas de sueño preparándose para las entrevistas de trabajo a las que asistiría. Sobre el sillón de estampados rosados, descansaba una blusa morada nueva y una pollera marrón que caí con cierto movimiento bajo sus rodillas. Se calzó las inefables medias negras de lana, pero al segundo intento de ubicarlas, se las quitó de un tirón. Definitivamente no iba a ponérselas. “Las secretarias son elegantes y no visten medias con elástico vencido”.
Analizó su imagen en el espejo y se dijo a si misma que estaba bien. El cabello castaño caía en suaves ondulaciones sobre sus hombros y la blusa acentuaba la cremosidad de su piel. La pollera acentuaba su talle delgado y sin las medias, sus piernas se veían largas y delicadas. “Si tan solo me dejara depilarlas”, pensó Bella al recordar la negativa de su madre a darle una maquinilla de afeitar, la noche anterior.
Bajo la escalera con ímpetu y una sonrisa… que murió en su cara, al descubrir a Renné, revoloteando por la cocina.
- Bella. Por fin bajaste. Ya te he preparado el desayuno. – Dijo la mujer contoneándose al ritmo de una canción de los ochenta.
Bella apretó los labios y permaneció inmutable. No sabía si odiaba más el hecho de que su madre no se hubiese ido a trabajar o el gesto de buena voluntad de hacerle el desayuno. Sabía que eso conllevaba la clara expresión de creerle incapaz de hacer cualquier cosa, incluso el desayuno. El cuchillo de plástico blanco al lado de la mantequilla, así lo afirmaba.
- ¿No trabajabas hoy? – Dijo Isabella sentándose en la mesa.
- Pedí que me cubrieran, para acompañarte en la salida. – Contestó Renné llenándole una taza con café humeante.
- No es una salida, mamá. Voy a buscar trabajo. – Respondió la joven sin alzar la voz.
- Eso digo. ¿No pensaras que irás sola a esos lugares? – Acotó su madre.
- Puedo ir en bus. – Mencionó la joven con el rostro sereno.
- Ni modo. – Negó Renné, sacudiendo la rubia melena de tinte. - ¿Dónde están tus medias? – Soltó al ver las piernas de la chica.
- Estaban muy gastadas. – Contestó Bella descruzando los pies en claro nerviosismo.
- Mañana lo arreglo. Ahora ponte las botas de lluvia y la capa que está cayendo un aguacero. – Explicó la mujer apagando el cigarrillo en la taza de café.
Bella miró hacia la ventana, donde la cortina de agua caía con fuerza. Luego contempló a su madre ir y venir, recogiendo la mesa. Tomó un sorbo de café antes de que su madre se lo retirara, vaciando el contenido casi intacto en la bacha y lavando apresuradamente el trasto. Luego como si fuera lo más natural del mundo, cogió el whisky de la alacena alta y sirviéndose en la misma taza, apuro el contenido en un trago abrupto. Renné había comenzado a beber notoriamente, después de la marcha de Charlie.
La chica miró hacia el reloj. Siete de la mañana. Hace apenas media hora que se había levantado, pensando que ese día presagiaba un cambio en su vida y ahora se arrepentía de haberse levantado de la cama.

Ese mismo pensamiento le atormento, al encontrarse en el hall del municipio. La gente iba y venía. Ella era invisible o al menos así se sentía, cuando un hombre acabó llevándosela por delante. Demasiado bullicio, demasiado grande, demasiado blanco en el piso impoluto. “Demasiado”
Salió de allí con sus calificaciones en la mano. La lluvia copiosamente cayó sobre su cabeza, sin que fuera capaz de subirse la capucha. Intentó abrir el paraguas, pero una ráfaga de viento, acabó por doblar las varillas, hacia arriba.
- Atrás, atrás. – Gritó su madre, abriendo la puerta trasera del auto.
Bella subió sin inmutarse y con movimientos torpes, acomodó el paragua. La madre espero un minuto que la chica hablara.
- ¿Vamos a casa? – Consultó poniendo en marcha el vehículo.
Isabella miró a su madre a través del espejo retrovisor. “Ni siquiera va a preguntarme como me fue” .La idea de volver a casa, de repente le pareció más aterradora que el hall del cual había escapado.
- Queda una dirección. Avenida Ardmore 2640. – Expresó Isabella con resolución.

El sedán blanco estacionó en la avenida. Renné hizo dos o tres maniobras para arrimar el vehículo al bordillo, que estaba ya inundado.
- ¿Quieres que te acompañe? – Consultó Renné al ver como Isabella, dudaba en salir del auto.
- No. – Dijo la chica con brusquedad. Temiendo haber herido a su madre, continuó – Gracias mamá, pero me gustaría entrar sola.
Isabella Swan, no había solicitado trabajo nunca y el primer intento de sumarse al mercado laboral, había sido un silencioso fracaso. Pero aunque su madre no lo creyera, ella estaba convencida que era capaz. Suspiró profundo y bajó del auto.
Subió la capucha del impermeable azul y rápidamente abrió el paragua. Con la copia de su título en la mano, avanzó con pasos pequeños por la angosta vereda que la separaba de la entrada. El edificio estaba casi a las afueras de Forks y era una construcción remodelada a partir de los viejos galpones del ferrocarril, colindantes con el viejo aserradero. La fachada era simple y austera, pintada totalmente de blanco, lo que hacía resaltar los ventanales antiguos que tras el hierro envejecido, mostraban cristales polarizados, dándole un aspecto moderno.
Un par de árboles y rosales sorteaban la entrada. La puerta de madera, mostraba el 2640 en grandes números de metal dorado.
No había dudas; esa era la dirección del aviso.
Estaba a punto de golpear, cuando se percató que estaba abierto. Apoyó la mano, empujando suavemente la madera. El recibidor quedó parcialmente expuesto. En parte por temor a lo nuevo y también porque no había luces encendidas, el interior del bufet le pareció sombrío y tenebroso, como la boca de una cueva.
Volvió su mirada hacia donde su madre estaba estacionada y por un instante pensó en dar la vuelta y alejarse de allí. Luego vio el ademan impetuoso de Renné que con ambas manos la instaba a entrar y recordó que todo esto era su propia idea. “Alejarme de casa” al menos unas horas.
Entro.
Lo primero que vio, fue el empapelado caro de las paredes y la alfombra gris en donde sus botas de lluvia parecían muy fuera de lugar. Miró un par de gotas escurrirse hacia abajo y desaparecer en la mullida fibra.
Luego se percató que a un metro, había carpetas y hojas desparramadas en el suelo. Al levantar la vista, se encontró que toda la habitación estaba en un completo caos. Las cortinas arracadas de cuajo de sus soportes, los cajones de los archivadores descarrilados del armazón y cientos de dossiers esparcidos en una caótica postal, que hubiese dado miedo al más templado de los hombres.
Se asomó buscando al responsable de esos actos, creyendo que tal vez era testigo de la escena de un crimen. Estaba a punto de salir corriendo, cuando apareció una chica de unos veintitantos años. Llevaba la cara congestionada bajo unas gafas oscuras y gruñía no sé qué cosa sobre un café.
Sin hacerle el mínimo caso, pasó al lado de Isabella, tomó un sobre entre los dientes y con ambas manos, levantó una caja de cartón conteniendo algunas carpetas y una planta de hojas mustias.
- Hola. Yo… - Alcanzó pronunciar Bella, antes de que la chica saliera. - ¡Espere! Yo…
Las palabras murieron en su boca, al ver el ceño fruncido de la joven que con ojos irritados, la observó de pasada. “¿Qué sucede aquí?” Se preguntó Bella antes del portazo.
Giró buscando a alguien más. Pero el silencio era absoluto.
De repente no sintió más miedo o tal vez si lo sentía, pero la curiosidad fue más fuerte y con pasos precavidos, se internó por el pasillo.
- Hola. ¿Hay alguien allí? – Dijo en voz alta.
Nada respondió a su llamado.
- Hola. – Pronunció asomándose a la puerta entreabierta.
Un hombre estaba sentado detrás del escritorio. El cabello de un extraño color entre rubio y cobrizo, alborotado en una forma que Bella estimó adorable y un par de ojos de un profundo verde que ciertamente le parecieron más asustados que ella. Su cerebro razonó, diciéndole que de ningún modo este personaje era peligroso y frenó totalmente sus impulsos de salir corriendo.
- ¿Quién eres tú? – Pregunto éste con una voz ronca y grave.
“Sabe a terciopelo” Si es que el terciopelo pudiera escucharse, pensó la joven. “Dios… que hombre tan, tan hermoso” Describió su mente, admirando las facciones adónicas del extraño.
- Isabella. Hola. – Dijo Bella mordiéndose al labio. Apenas había abierto la boca y se reprendió por haber sido tan abiertamente confianzuda.
Es que la belleza del hombre la apabullaba, pero aun así desdeñó su comportamiento con una negación imperceptible de cabeza. “Así no se empieza una entrevista de trabajo” pero recordó el desorden que había detrás y volvió a tensarse.
- Hola. – Respondió el hombre, tras unos segundos de vacilación.
Isabella fue testigo del cambio de semblante en su interlocutor, mudando sus facciones a una insinuación de sonrisa. Analizó en una milésima de segundo las facciones varoniles, descubriendo el atractivo mentón, los hombros marcados detrás de la camisa de seda, la nariz recta, la mirada directa de esos ojos increíblemente claros y esa aura poderosa que fluía a su alrrededor. Definitivamente este hombre estaba muy bien, vestía muy bien y definitivamente no era un delincuente, así que…
- ¿Usted es el abogado? – Soltó ella, pensando que su observación podía haber sido muy indiscreta.
- Uh, ah… si. – Vaciló éste con clara incomodidad.
- Disculpe. Volveré después. – Pronunció Bella girándose para darle la espalda al desconocido.
Claramente este no era el mejor momento para estar allí. Algo grave había sucedido en ese lugar.
- No. Quédese. – Dijo la voz sensual del abogado y Bella cerró instintivamente los ojos al sentir su cuerpo estremecerse ante la orden dicha con voz tranquila pero segura. No se lo pedía. Lo ordenaba y su cerebro respondió con una docilidad innegable que le hizo creer que obedecería cualquier cosa que ese hombre le mandara.
Del otro lado de la habitación, Edward Cullen se sentía al borde del abismo.
No sabía por qué estaba tan alterado. Tal vez era una reacción ante el ataque de Angela o sencillamente estaba sorprendido por la chica que había interrumpido sus cavilaciones. No era una belleza, pero olía tan bien. Tan a mujer. “Debe ser lo primero” Se respondió analítico.
Recompuso su postura y apoyó los antebrazos en el escritorio, esperando por ella. Por un segundo reconoció que cualquiera habría salido corriendo al ver el desastre, pero por algún buen motivo, esa joven había decidido entrar hasta su despacho. “Tal vez debería haber agregado un por favor”, pensó justo cuando la vio volverse y avanzar hacia su escritorio con decisión.
Claramente se la veía incómoda, pero había respondido a su orden y eso le hizo sentir feliz de un modo extraño.
Ella se paró frente de él y extendió un papel arrugado y mojado. No vestía con elegancia y su rostro sin maquillaje, con el cabello castaño cayéndole por los hombros en un reguero húmedo y sin gracia no era el aspecto normal de una clienta. “Debe ser de una mensajería” pensó Edward mostrando extrañeza.
- Decían que necesitaba secretaria. – Se apuró a comentar Bella ante la nula respuesta de él. Buscó entre sus bolsillos el recorte del periódico, extendiéndolo sobre la mesa, con premura.
El gesto de una torpeza absoluta, a él le resultó de algún modo encantador, ingenuo y auténtico. Miró a los ojos enormes de la chica que dentro de una profundidad intensa, le observaban directamente y forzó una respiración que le llenó de un perfume femenino y dulce. Sus tetillas se tensaron, su piel se erizó y la entrepierna dio señales de vida, lo que hizo más duro encontrar las palabras para seguir hablando.
- Así es. – Contestó él apretando las nalgas y tragando disimuladamente la saliva que se había amontonado en su boca. “Cielo santo, ni siquiera es tan bonita”
Su cuerpo reaccionaba ante ella como a una misteriosa droga y a él no le gustaba estar a merced de ningún descontrol, por más atrayente que este fuera. Pero por alter esta situación era un desafió y él amaba hacerse de desafíos. Indisimuladamente bajó la vista hacia el cuerpo de la chica. En realidad no vestía como una profesional y esa capa azul, no dejaba mucho que ver. Casi parecía ocultar su cuerpo. “¿Por qué querría taparse así? ¿A menos de que…”
- ¿Está embarazada? – Soltó el abogado a boca de jarro.
- No. – Ella respondió al instante y ni siquiera pareció intimidada ante el cuestionamiento directo.
- ¿Planea quedar embarazada? – Volvió a atacar él, recorriendo su cuerpo hacia arriba para volver a fijarse en su mirada achocolatada.
Bella se sorprendió ante la insistencia y de algún modo, la situación le pareció graciosa. Nadie que conociera a Isabella Swan podría pensar en ella como madre de alguien y menos en pareja con alguien suficientemente interesado en hacerle un bebé. Si su madre escuchara la pregunta del abogado, probablemente se moriría de la risa.
- No. – Contestó la muchacha, sonrojándose abiertamente y sonriendo tímidamente.
Edward sonrió por empatía, ante la reacción ingenua. “Diablos, es tan adorable, parece una niña”. Aunque su cuerpo no lo era y precisamente la mujer que había en ella, estaba causando estragos en su hombría. De todos modos el dolor era placentero. No se sentía tan vivo en años y la candidez de la joven lo instaba a una sentimiento de protección, totalmente inesperado.
- ¿Vive en un departamento? – Continuó el interrogatorio.
- Casa. – Respondió Bella con seguridad.
“Esto se parece a una entrevista como las que imagine frente al espejo de mi cuarto”. Pensaba Isabella tratando de poner atención a ese hombre que con una mirada intensa, parecía estrujarle el alma. Entre tanto él, sucumbía ante una imperiosa necesidad de saber todo de esa delicada criatura que estaba frente suyo.
- ¿Sola? – Siguió Edward, con total intensión de saber si estaba comprometida.
- Con mis padres. – Completó ella con rapidez.
- ¿Hermanos? – Edward no supo porque preguntó esto. Tal vez porque sus rasgos aniñados le llevaban a interrogarse, sobre quién habría cuidado de ella.
- Mi hermana vive en la misma cuadra, con su esposo. – Intentó explicar Bella, considerando que para un bufet de renombre, era importante las buenas referencias familiares y ella no quería dar muchos detalles. Solo bastaría un par de averiguaciones para que el abogado asociara su nombre con su poco ortodoxa familia.
- ¿Está casada? – Le cortó Edward con impaciencia. Refregaba sus manos dejando traslucir su nerviosismo, a la vez que se negaba cortar el contacto visual que había entablado con ella. “Que diga que no, que diga que no”.
- No. – Contestó Bella, antes de negar con la cabeza.
Una sonrisa tímida y Edward Cullen volvió a tragar saliva ruidosamente. Mordió la carne interna de las mejillas para ocultar la sonrisa que pugnó asomar en su rostro. Se giró hacia un lado del escritorio y comenzó a maniobrar un pequeño aparato con teclas y palancas.
- ¿Alguna vez ganó un premio? – Le dirigió sin mirarla. En verdad la chica le afectaba en demasía y se debatía en decidir si eso le gustaba o no.
- Sí. – Repuso ella sin demora.
- ¿Por qué fue el premio? – Rebatió el abogado, tratando de centrar sus preguntas en un ámbito más profesional.
Después de todo, la chica debía corroborar algún mérito frente a su cuñado. Sin el menor disgusto pensaba en que ya había decidido contratarla, aunque ella escribiera como niño del kínder.
- Por mecanografía. – Completó Isabella sin alterarse.
Edward sonrió por dentro, complacido por la respuesta. Accionó una palanca y el ruido hizo volver a Isabella que giró sobrecogida por el ruido.
En la pared del fondo de la oficina, había un jardín interior en la que se proyectaba una columna de luz artificial, iluminando el escenario en donde crecía una maravillosa colección de plantas. Los largos tallos y las delicadas figuras de las flores, comenzaron a ser humedecidas por los rociadores empotrados en una artística reja. En medio, una fuente fen shuig dejaba correr su continuo hilo brillantino.
La postal era mágica y bellísima. De repente ella creyó estar en el cuento de Alicia en el país de las maravillas y se dejó llevar con un gesto de asombro; olvidándose por un instante, del hombre que tenía al frente y del caos reinante detrás de la puerta.
En cambio él la analizaba con detenimiento. Ciertamente la joven que tenía en su presencia, era tan delicada como cualquiera de las orquídeas que cultivaba y sus labios carnosos y sensuales parecían perfectos para ser besados, para ser llenado por…
- ¿Esos son sus calificaciones? – Continuó él tendiendo la mano hacia el arrugado papel. Las imágenes que se formaban en su mente, no eran dignas de una joven tan ingenua.
- Au. Si. – Isabella extendió el certificado y ciertamente desafectada del nerviosismo inicial, se dio cuenta que sus notas no eran la mejor carta de presentación. El papel se delucia en el acabado lustroso del escritorio estilo colonial.
- Isabella Swan. – Pronunció Edward con voz grave y sensual. Ni siquiera leyó las notas.
Ahora su fascinación, tenía nombre y apellido. Isabella, un nombre tan poco común y pasado de moda como el de él mismo. Sin querer el nombre de la chica en sus labios, resulto tan atractivo como una caricia y él volvió a sentir la punzada de deseo, atormentándolo en la ingle con una presión grata y sugestiva.
- Me dicen Bella. – Murmuró la chica y el respondió alzando las cejas en un interrogante mudo. Isabella pensó que había sido del todo impertinente al sugerirle el apodo con el que solían llamarla y se ruborizó completamente antes de proseguir. – Pero Isabella Marie es mi nombre completo. Señor.
Si una mínima duda quedaba en la mente del abogado; al oírle llamarlo “Señor”, esta desapareció oculta por la desenfrenada sensación que le golpeó el bajo vientre. Trago saliva, apretó las nalgas y acomodó las piernas descruzándolas bajo el escritorio. Tomo una lapicera y golpeo metódicamente las teclas del teléfono en un número cualquiera.
- Un café con azúcar. – Ordenó en un susurro calmo, evitando mirarla de nuevo y sujetando con ambas manos la bocina del teléfono.
Ella le miró sorprendida de que le ordenara sin más y por un instante estuvo a punto de preguntar dónde estaban la cocina, pero al ver que él no la miraba, se dirigió al pasillo con grandes pasos.
“¿Qué tan difícil puede ser hacer un café?” Pensaba ella mientras hacía lista de las veces que había visto a su madre, hacerle el desayuno a su padre, a su hermana y a ella misma. No debía hacerse problemas, de seguro era solo verter el brebaje desde la cafetera y… encontrar una taza que no esté partida, recordó al enfrentarse al desastre.

Mientras tanto el abogado Edward Cullen, ajustaba la corbata en un gesto familiar que revelaba la contrariedad en la que se encontraba. Definitivamente necesitaba una secretaria y definitivamente necesitaba una mujer.
Por cierto que tenía una candidata para ambos puestos aunque necesitara pulirla y ella parecía tan encantadora y obediente que casi parecía un regalo. Un presente demasiado atractivo como para mantenerse inmune.
Miró hacia su entrepierna y se permitió esbozar una sonrisa canalla. En verdad debía agradecerle que su socio y cuñado se hubiese anticipado a publicar el clasificado de trabajo, que la había traído hacia él. De ningún modo suponía seducirla, eso no podía estar más alejado a los planes que comenzaba a trazar, pero si era un perfecto proyecto. Era como el pimpollo de una flor, esperando a ser cuidada y cultivada y él podía ver la espléndida mujer en que se convertiría.
Abrió el cajón izquierdo del escritorio, para observar la foto de una elegante rubia que le sonreía desde el papel. “Tanya” nombró en su mente y una vez más se preguntó porque conservaba la foto. Ni siquiera podía decir que tuviera añoranza. Es más, en los últimos meses se habían cruzado en más de una decena de oportunidades, pues llevaban un caso que los tenían de contraparte. Las afrentas que antes le excitaban, se habían convertido en pálidas imágenes que ni siquiera registraba fuera del plano laboral. Casi podía culparla de su apatía, tan pendiente de la posición, de la buena costura y las amistades convenientes. Tan superficial y altiva como una estatua, tan distante y distinta a la chica que ahora le estaba preparando el café.
Con decisión, tomó la foto y se dirigió a un archivero. Le dio una última mirada y procedió a arrojar la instantánea dentro de un sobre negro.

Isabella encontró la cocina, pero no la cafetera. Se quitó la capa de lluvia y con manos nerviosas. Comenzó a revisar los contenidos de los potes que había sobre una mesada alta. Tazas, cucharas, café y azúcar. “¿Cuánto de azúcar? ¿Será mucho café?”. Se preguntó al verter dos cucharadas del granulado instantáneo. Luego intentó llenar la taza con agua caliente del dispenser, pero el depósito estaba vacío. En un rincón había un garrafón lleno y sin estudiar mucho el mecanismo, pero con férrea determinación, quitó la tapa y lo levantó con bastante dificultad, por encima del aparato vertiéndose bastante del contenido sobre sí misma. Maldijo en voz baja su torpeza, a la vez que se mordía el labio y con obstinación empujaba su mentón hacia adelante. Enchufó a la maquina a la corriente y espero unos minutos hasta que consideró que el líquido estaba suficientemente caliente.
Cuando le llevó la taza humeante; el abogado se había colocado un saco que completaba el ambo oscuro. Su espléndida figura se deslizaba por el lugar con la gracia de un modelo. Ciertamente se amedrentó al ver la silueta elegante y atlética del hombre que iba y venía por la habitación, recogiendo las cosas tiradas. Al verla se detuvo y le ofreció una esplendorosa sonrisa torcida, que aflojó las piernas de la chica. “Dios que atractivo” se dijo Isabella, pensando que sería demasiado bueno trabajar con él. Le tendió la taza y Edward evito aplicadamente el contacto de sus manos.
Sin que mediara otra palabra, ella comenzó a recoger lo que quedaba tirado y él se sentó en el sofá a observarla sin disimulo. Isabela se supo analizada y solo rezó por adentro, para que él no viera su torpeza.
Él pensaba que su cintura era tan estrecha como el tallo de una flor y que su actitud era imperturbable a pesar del escrutinio. Era pacífica y serena, contenida hasta un extremo que lo hacía anhelar algo, que no sabía que era.
Sonrió más, hasta que al ver la blusa morada totalmente mojada; la llamó con un gesto y le tendió un rollo de papel absorbente.
- ¿Realmente quiere ser secretaria, Isabella? – Consultó Edward con un tono suave y meticuloso, mientras se perdía en los intentos de la chica para secarse.
- Si, quiero. – Expresó Isabella con determinación.
La blusa se amoldaba a su pecho erguido y la humedad de la textura dejaba entrever la aureola de un pezón. Incomodo por la reacción de su cuerpo ante el espectáculo que tan inocentemente le había proporcionado la chica, el abogado se acomodó en el rellano del sillón, cruzando las piernas. Una profunda expiración presidió las siguientes palabras.
- Tiene mejores calificaciones que las otras candidatas. Está sobrecalificada para el trabajo. Se aburriría.– Pronunció en un discurso ensayado, que antes le había funcionado para desasirse de otras postulantes, pero que ahora aplicaba solo con el afán de medirla.
Mientras le hablaba, estiró las piernas sobre el sillón y se recostó a lo largo, mientras con el rabillo del ojo, la veía reaccionar.
- Quiero aburrirme. – Respondió Bella al instante.
Edward cerró los ojos y volvió a respirar profundo. Esa chica quería matarlo. Lo estaba llevando al límite. “No puede ser más inocente o más perfecta”.
- Tengo una asistente legal de medio turno. Solo necesito, una mecanógrafa… que pueda llegar al trabajo con puntualidad… y contestar el teléfono. – Recitó recordando a Rosalie, la fría hermana de Jasper. Le caía tan endiabladamente mal, que creyó que con recordarla, se le bajaría la calentura.
- Puedo hacerlo. – Contestó Bella sin titubear.
- Aquí usamos mucho la máquina de escribir, no computadoras. Gastamos muchos dólares en un papel membretado de la mayor calidad. – El detalle sería suficiente, para que cualquiera haragana dijera que no. Si su lectura era correcta, la chica podía no tener experiencia pero no le parecía dejada.
- Está bien. – Contestó ella y el abogado cerró los ojos.
- Es un trabajo muy rutinario. – Dijo Edward remarcando la frase con un gesto.
- Me gusta el trabajo rutinario. – Dijo Bella con convicción.
“No lo puedo creer. Me niego a pensar que un ser tan perfectamente imperfecto exista”. El hombre se sentó, enfrentando la mirada abierta y sincera de la chica. Nadie resistía su mirada por mucho tiempo, pero ella en vez de empequeñecer, lo observaba sin inmutarse.
- Hay algo en usted – Intentaba darle forma a la frase mientras cerraba y abría las manos como formando un rollo. – Es como… muy cerrada. Una pared.- Dijo Edward conteniendo el aliento.
- - Lo sé. – Susurró Isabella.
Los ojos enormes y sinceros de Isabella Swan, lo atormentaron por unos segundos que fueron una eternidad. Edward suspiró.
- -¿Alguna vez se suelta? – Preguntó él, frenando el impulso de alargar la mano y acariciar ese rostro delicado que lo observaba apenas a un metro.
- No lo sé.
Sonó el teléfono. “Gracias a Dios” (Por cierto… esto lo pensó él)
- No estoy. – Soltó Edward sin dejar de mirarla.
Volvió a sonar el teléfono y ambos miraron el aparato.
Ella sonrió sin comprender y él se levantó. Puso el aparato en las manos con un gesto brusco. “¿Espera que conteste?” se preguntó ella, alzando la bocina.
- Edward Cullen y asociados. – Contestó Bella tomando el auricular y mirando el rostro del abogado. - ¿Quién le habla? Licenciada Denali – Repitió la chica sin cortar el contacto visual de esos hipnóticos ojos verdes que la miraban desde lo alto. Edward Cullen negó con la cabeza. – Lo lamento… el doctor no se encuentra en la oficina si quiere… cortó. – Completó la joven con cierto temor.
Ella no tenía idea, que es lo que había hecho y si lo había hecho bien, pero la mujer que llamo, no había estado feliz con la respuesta de Bella, pero la sonrisa torcida del abogado parecía reflejar la más perfecta indiferencia hacia esa reacción y Bella pensó que sería tremendamente fácil trabajar en ese lugar si él le sonriera cada día. Pero primero debía saber si le aceptaba.
Como respondiendo a su interrogante, él dijo.
- Menos azúcar en el café, la próxima vez.

Bella se subió al automóvil de su madre. Sin que decir una palabra, se sentó adelante. Había dejado de llover y las calles casi estaban secas. Era un poco más de la una de la tarde.
- ¿Cómo te fue? – Mascullo Renné, anticipando que la chica había fracasado.
- Lo conseguí. – Contestó Bella, como tal cosa, dejando a su madre con la boca abierta.

FIN DE CAPITULO.

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