jueves, 25 de agosto de 2011

CAPITULO 9




La chica se le quedó mirando con inocultable fascinación, por lo que Edward terminó por tomarle de la mano y hacerla levantar. Le acompañó hasta el vestíbulo y recogió la cartera, sin que ella diera muestras de tener autonomía.

- ¿Está bien Señorita Swan? - Consulto el abogado con el mismo tono aterciopelado.

Ella aseveró con la cabeza y se dejó guiar hasta la puerta de entrada.

Apenas pasaban las 4 de la tarde.

Salió del edificio.

Caminó hacia la calle lateral en donde su madre le esperaba.

- ¿Sales temprano? - Consultó Renné al verla de pie al lado del auto.

-Mamá… de ahora en adelante iré caminando a casa. - Dijo Bella con determinación y una voz desconocida hasta para ella misma.

"Tome un atajo por el parque…

Es como si nunca hubiera dado una caminata sola….

Cuando lo pensé…. Noté que nunca lo había hecho.

Pero como él me había dado el permiso para hacerlo…como había insistido en que lo hiciera…

Me sentí apoyada por él….

Sentía que estaba conmigo.

Al mismo tiempo, adivinaba algo creciendo en el Señor Cullen… una ternura infinita.

Saliendo de una de sus áreas más oscuras.

Caminaba en éxtasis, nutrida del sentimiento de haber descubierto algo sobre mí…

Algo profundo que daba liviandad a mis pasos.

Que me hacía sentir más hermosa. Más mujer…

Más libre y a la vez… más sometida a la voluntad de un hombre que sencillamente adoraba"

"Edward Cullen. Mi Jefe."

Llegó a la casa y ante la mirada atenta de su madre, se dedicó a ayudar en la cocina para preparar la cena. Ninguna de las dos hablaba. Isabella nunca había sido demasiado conversadora. Es más… tal vez nunca había iniciado una conversación.

Pero ese… era otro día.

- Hoy en el camino pase por una tienda y me compre unas medias. - Comentó Isabela sin pretender esforzarse en el diálogo.

- Que bueno hija. ¿Me la mostrarías? - Susurró Renné a sus espaldas, dejando lo que estaba haciendo.

Suspiró aliviada y sorprendida por la reacción de su hija. La vio buscar un paquete y mostrarle unas delicadas pantys de seda color piel.

- Son muy bonitas, Bella. - Comentó Renné con ternura.

Miró a su hija a la cara. La vio adulta y serena.

Renné nunca había profesado una vocación maternal y su juventud se había marchitado en la incansable procesión de afrentas con su esposo. Charlie había sido el amor de su vida y tal vez aún lo era, pero la bebida se había instalado en su matrimonio como una amante perversa e insistente, que la había robado al hombre noble que había sido en un principio. Para cuando el secreto de Isabella quedó al descubierto, no supo cómo manejarlo. Entre culpa y vergüenza, trató de cuidar mejor a Jessica y se prometió a si misma que cuando Bella estuviera fuera le cuidaría a sol y a sombra. La mayoría de las veces, no sabía qué hacer con ella.

Y por cierto que se sentía culpable por ello.

"Es difícil reconocer que tu hija tiene problemas y que tú no eres lo suficientemente buena para ayudarla" Reconoció la rubia mujer. La frase se había repetido hasta dorarse a fuego en su cabeza, durante todos estos años.

Pero hoy… era otro día.

Un día en que su pequeña ya no era una desconocida. Era una mujer como ella. Preocupada por lucir bien en el trabajo. Con un sueldo para administrar, con proyectos que llenaban su jornada, amigas que le acompañaban a almorzar y jefes que apreciaban su tarea. Y esa era su hija.

Sonrió con orgullo.

- ¿Estará bien, si salgo un rato? - Consultó Renné a su hija.

Bella dudó un segundo. "¿Desde cuando mi madre me pregunta lo que puede hacer?" Meditó la muchacha y luego pensó que tal vez se iría a encontrar con Phil. El amigable enfermero del centro psiquiátrico.

- No hay problema. Yo termino con esto. Ve a arreglarte. - Contestó Isabella comenzando a secar la vajilla.

A la media hora; una solitaria Renné, tomaba una copa en la barra de un bar. Meditando que haría de su vida cuando Bella también acabara marchándose.

Bella acabó los quehaceres y se sumergió en un caliente baño de inmersión. Había llenado la tina con un aceite floral. Intenso y perfumado. Con languidez se estiraba en la bañera mientras deslizaba la máquina de afeitar por el largo de su pierna. La caricia áspera de la hoja, le trajo el recuerdo su promesa.

La voz grave de Edward Cullen. Sensual y pausada.

La esencia de su hombría parecía estar dibujada en el pentagrama de su tono. Cerró los ojos y susurró…

- Hola... - Carraspeó mientras acomodaba el timbre a una décima más baja. - Hola. Se comunicó con la oficina de Cullen y Asociados… - Sonrió complacida al escuchar la voz segura que podía emitir. Tomó una bola de cristal que tenía una escena marina con una sirenita, suspendida entre los cientos de partículas de nitrato de plata que volaban en su interior.- Por favor, deje su mensaje y número de teléfono… y nosotros… responderemos su llamado lo antes posible. Nosotros. - Susurró con deleite.

Arrojó el adorno al tacho de residuos sin contemplación.

Esa noche muñecos, posters y pegatinas, corrieron el mismo destino. Cambió las sábanas rosas con dibujos infantiles y se prometió gastar parte de la paga en cortinas nuevas y sexy ropa de dormir.

"¿Cómo dormirá él? Supongo que desnudo sobre sábanas de hilo egipcio color oscuro. " Su boca declaró el antojo, con un ramalazo húmedo que se apuró a tragar.

Esa noche Isabella Swan durmió desnuda.

La mañana le encontró expectante por volver al trabajo. Su jefe llegó cerca de las ocho y la saludó con un desapasionado "Buenos días Señorita Swan".

No se fijó en las medias de seda o la pollera negra nueva que había elegido para el día. Isabela se encorvó sobre su asiento.

A poco llegó Jasper y como todos los días, salió a recibirlo y ayudarle a colgar el abrigo.

- Señorita Swan. Se ve espléndida el día de hoy. - Elogió Jasper, tomándola de la mano y haciéndola girar sobre sí misma.

La chica rió y la risa fue interrumpida por el otro abogado que desde la puerta de su oficina, vociferó.

- Si han dejado las ridiculeces de lado. Me gustaría empezar a trabajar. Jasper a mi despacho y usted Señorita Swan, deje los desfile para gente más agraciada y busque el expediente Storm Vs. Limek. - Rugió Edward Cullen.

Isabella se abrazó a si misma e instintivamente sobó los antebrazos. "Gente más agraciada" Musitó la chica.

- No le hagas caso. - Le dirigió Jasper antes de caminar hacia la oficina de Cullen.

Mientras tanto Edward se había detenido a mirar las orquídeas. Entre medio de ellas había colocado la foto de Isabella. La imagen permanecía casi oculta entre el musgo y el follaje.

Se volvió al sentir que la puerta se cerraba con un golpe fiero.

- Edward Antonhy Cullen. He visto tipos mal encarados, pero tú te sales del rango.- Soltó Jasper enojado.

- Por favor. - Dijo el otro abogado rodándole los ojos.

- No puedes seguir tratándola así. Primero porque necesitamos de una secretaria en sus cabales y Bella es muy eficiente en lo que hace. Segundo, porque si ella se marcha. Tu carácter empeoraría. - La voz del rubio abogado fue tan determinante como el gesto recio de su cara y Edward Cullen reconoció el fomidable legalista que tan eficazmente liquidaba sus casos.

- Es solo una secretaria. - Mencionó Edward con desdén.

- Ya no es solo la secretaria. Si yo puedo verlo… ¿Por qué tú no? - Contestó el joven dirigiéndose a la salida. - Y una cosa más. Yo soy tu socio, no tu empleado o tu chico de los mandados. Así que no vuelvas a gritarme, porque también me olvidaré que somos cuñados. Nos vamos dentro de 10 minutos. - Agregó Jasper antes de desaparecer.

Edward ajustó la corbata y estiró el cuello. Luego meció su mano hacia el cabello en un gesto nervioso. Pensó en cuán deliberadamente había ignorado a su secretaria al entrar. Es que su apariencia le golpeó como un puño sobre el estómago.

Como nunca, la noche anterior había logrado conciliar un sueño tranquilo y se había dispuesto un plan. Isabella Swan era su nuevo proyecto y espera alentarla a que cambiara sutilmente, pero su hermana le había ganado de mano. No podía quejarse de ello, pues Isabela estaba hermosa. Vibrante y femenina.

Recordó la falda estrecha, por encima de la rodilla. La blusa color crema que ondeaba sobre su talle en una caricia inofensiva que envidió y por ultimo las líneas torneadas de sus piernas enfundadas en la seda de unas medias del color de su piel. Fue lo primero en que se fijó. Su mente divago. "¿Serán pantys o las sostendrá con un liguero? ¿Será negro?…"

Negó esfumando la fantasía a la que le llevaban esas cavilaciones y se volvió hacia la foto oculta. Desde allí la vio sonreír con ese sonrojo tímido e ingenuo. Afuera le había recibido una mujer, pero aún quedaba ribetes de esa niña dulce y esa dulzura era la que quería cultivar en la más oscura fascinación de su ser.

Con sigilo se escabulló a la sala de juntas por donde podía observarla tras el vidrio esfumado. Le escuchó atender el teléfono con esa voz baja y sensual, que él había cosechado en tan solo una sesión. Su polla se quejó estriñéndose contra las costuras de su costoso pantalón. Por unos breves segundos se dejó ir en el deseo de que su conversión involucrara una posesión más íntima.

¿Podía dejar de negarse al placer de convertirla en una compañera complaciente y sumisa o solo se conformaría en verla florecer como una mujer fuerte y segura, para luego dejarla ir?

"¿Con quién? ¿Jacob?" El muchacho era poca cosa para el tsunami contenido que esperaba bajo las retraídas capas de su secretaria.

La vio levantarse y percibió su figura mientras se agachaba en el archivero. Delineó la curva de su trasero, rozando el vidrio en una imaginada caricia. La sonrisa canalla se instaló en su cara.

Una voz interrumpió la fantasía.

- Edward. ¿Estás aquí? - Apremió Jasper asomándose a la puerta de la sala.

- Vamos. - Contestó mientras estratégicamente tomaba el maletín y lo situaba frente a su entrepierna. La imaginación se le había ido al carajo, pero no podía estar serio.

- ¿Y ahora porqué la gracia? - Mencionó Jasper, al verlo sonreír.

La sonrisa se le borró de un golpe cuando vio a un enorme sujeto, apoyado sobre el escritorio de su secretaria. Alcanzó a escuchar vagamente que éste invitaba a Isabella a almorzar.

Se paró a observarlo, con el mismo gesto inmutable con que podía oír una sentencia adversa. Le analizó rápidamente. Casi tan alto como él, cabellos oscuros y chispeantes ojos azules. Su traje cruzado apenas ocultaba su físico musculoso. "Él sí podría llevársela" Pensó el abogado y se tensó enfrentando a Bella con la mirada.

- Viene de la escribanía. Trae algunos folios para la firma. Ya se va. - Se apresuró a decir Isabella.

- Emmet McCarty. - Saludó el muchacho.

- Edward Cullen. - Contestó el abogado y estrechó la mano que le ofrecía el joven.

El apretón duró más de lo necesario y ambos se esforzaron en hacer sentir en el otro, la fuerza de su agarre.

- Encantado. Jasper Hale. - Interrumpió el otro abogado, tomando el antebrazo del tal Emmet y llevándolo de un tirón hacia afuera.

- Nos vemos Bella. - Saludó el joven antes de salir.

Edward se mantuvo con la vista fija en su secretaria hasta que ella, vencida por su intensidad, acabó agachando la mirada.

- Nos vamos a Tribunales. No regresamos hasta media tarde.- Edward dio un paso hacia la salida y luego se volvió. - Señorita Swan. No quiero que despegue su trasero de esa silla, hasta tanto yo vuelva y se lo permita. - Gruñó con voz baja y atemorizante.

Luego de esto salió bruscamente, mientras una pasmada Isabella había quedado con los ojos muy abiertos." ¿Ha dicho, lo que he creído escuchar?"

La orden no le sorprendía, solo estaba atónita ante el uso de la palabra: trasero. ¿Quién iba a decir que su elegante jefe sería capaz de dirigirse con tanto descaro? "Dijo que era tímido… pero trasero no es una palabra tímida" - Meditó la joven con una sonrisa maliciosa.

Las horas pasaron y la chica se afanó en cubrir el tiempo. Trató de completar algunas notas y acomodar su escritorio. Siempre sin salirse de la silla.

Al cabo de un rato y con cierta incomodidad, se deslizó por el vestíbulo empujándose con ambas piernas sobre la silla con rueditas. Hizo unas copias que faltaban y archivó lo que pudo sin llegar nunca a levantarse. La tarea en vez de pena, le provocaba una gozosa alegría pues tenía que agudizar su ingenio para cumplir sus obligaciones sin desobedecer a su jefe y porque se sentía… sencillamente complacida en sí misma.

Cuando el huraño Edward Cullen regresó a Forks, casi no había rastro de su enojo. El que sí volvía con el ánimo en rojo, era el otro abogado.

Jasper Hale había tenido que soportar una larga jornada de cuestionamientos sobre dónde y cómo debía llevar el embarazo de Alice Cullen. Habían discutido sobre la clínica que habían elegido, a la música que debía escuchar su esposa a partir de ahora. La última afrenta había culminado con un rotundo pronunciamiento por parte de Jasper cuando esté intentó opinar sobre los probables nombres del bebé.

Es más decir que el joven estaba hasta las tuercas de la compañía de su obsesivo cuñado y Edward había logrado que este se largara apenas se apeó del carro.

Sonrió canallamente, al pensar que disfrutaría de la absoluta deferencia de su secretaria por un rato. Cuando entró al estudio, observó que la joven no se levantó a recibirle como siempre.

Recordó lo que le había ordenado y se sintió íntimamente orgulloso de su temple.

Se acercó al escritorio. No había gritos. No había cosas tiradas. Tal vez su ropa no estaba tan arreglada como en la mañana, pero su rostro sereno, le devolvía la misma mirada cálida.

Algo en él vibró entibiando su carácter reservado y severo.

- ¿Todo bien Señorita Swan? - Preguntó con una media sonrisa torcida .

La chica parpadeó y le devolvió la sonrisa con timidez. Se sonrojó y mordió el labio.

"Adorable" Frunció el ceño y rápidamente se marchó a la oficina, sin esperar que le contestara. Definitivamente no era buena idea quedarse a solas con ella.

A los pocos minutos, le habló por el intercomunicador.

- Señorita Swan. Puede levantarse. Venga a mí oficina. Necesito dictarle y de paso tráigame un café. - Ordenó con voz seca.

Isabella suspiró aliviada y corrió al sanitario. Luego de recomponer un poco su persona, sirvió el café y se lo llevó.

Golpeó la puerta entreabierta, antes de entrar.

- Per…. - Sintió que la voz le salía pequeña y con un carraspeo leve, la modulo. - Permiso Señor.

Él estaba de frente al jardín de orquídeas y ella se le acercó con paso vacilante.

- Señorita Swan le he dicho en reiteradas oportunidades que no debe golpear si la puerta está abierta. - Pronunció Edward de espaldas.

Ella le dejó el café sobre una mesa y esperó pacientemente que este se diera vuelta.

El tensó los músculos de su cuello, mientras el olor femenino del perfume de Isabella se colaba con insistencia. "Maldición, maldición"

Un minuto, dos, tres.

El silencio solo era interrumpido por el tic tac del reloj de pared. Aún de espaldas el aire se tiñó de una intensidad que erizaba los vellos de la nuca. Ambos eran conscientes de la presencia del otro.

- Señorita Swan. Puede irse. - Dijo Edward.

Bella pensó "¿Qué pasa? Me sonríe, me ignora, me dice que me marche"

- ¿No iba a dictarme, Señor? - Preguntó la muchacha.

- Bella. Vete. - Soltó el abogado sin voltearse.

- Hasta mañana Señor. - Deslizó Isabella.

No entendía lo que sucedía, pero todo su cuerpo atendía a la sensación de peligro. No sabía que estaba mal, pero tampoco quería irse.

Ya llegaba a la puerta de la oficina, cuando él se volvió a verla.

- Señorita Swan…. Hoy está muy hermosa. - Proclamó Edward.

Ella le observó inmutable y soberbio. Su delgada estampa recortada contra la luz del invernadero.

Quiso tener el valor de decirle que a ella también le parecía que él era muy hermoso. Pero solo atinó a morderse el labio, mientras hizo un asentimiento con la cabeza.

Se marchó y él se recordó una y otra vez que al igual que una flor, Isabella necesitaba ser regada con elogios y si él no se los daba, encontraría algún otro que lo haría. Pero por ahora su mayor preocupación era encontrar el control que le hiciera perseverar en su cosecha.

Al día siguiente, el control que había logrado juntar se fue de paseo, a exactamente una hora de haber llegado a la oficina.

Jasper llamó diciendo que Alice estaba con algunos dolores y debía de llevarla al médico. Diez llamadas más tarde, se había tranquilizado algo. Pero su día estaba echado a perder y por supuesto que no podía joderselo solo. Así que despotrico contra Rosalie, cuando esta vino con unos escritos para estudiar un caso. Se peleó con su madre por teléfono antes de las nueve de la mañana y para colmo tenía audiencia en el caso en el que litigaba contra Tanya Denali.

Cuando volvió de Seatle se dedicó a atormentar a su hermana por teléfono un par de minutos y luego dirigió toda su furia al trabajo y por consiguiente… a su secretaria.

El ritmo fue atroz. No acababa de tipiar una nota cuando comenzaba a dictarle otra y se había enloquecido cuando no encontraron un texto de jurisprudencia sobre el que habían trabajado el año anterior.

Isabella estaba apabullada y en dos oportunidades estuvo por decirle que ella solo llevaba en el bufet dos meses. "¿Cómo voy a saber las cosas del año pasado?" Murmuraba ella, cuando éste la interrumpió.

- ¿Qué pasa con Ud.? Esto es todo lo que debe hacer. - Le gritó Edward Cullen, posicionándose por detrás de ella.

Su brazo derecho golpeó el escritorio con la nota que recién acababa de llevarle.

Ella se achicó ante su gesto y Edward fue consciente de como su cuerpo la arrinconaba contra el escritorio. Rodeándola como una bestia a punto de darse un festín. El perfume le llego en forma intensa y cerró los ojos arrimando su nariz al cabello de la chica.

Isabella ni siquiera atino a retirarse, solo se dejó envolver por la sensación acechante de ese cuerpo masculino cerniéndose sobre ella. Tembló ligeramente, mientras su cabeza registraba una y otra vez el texto que él le había tirado.

Había al menos cinco círculos rojos dibujados en el escrito y ella ni siquiera podía distinguir los errores que marcaban. Sus ojos se nublaron y todo el cansancio de la jornada, hizo peso sobre sus hombros.

Edward Cullen agradeció que el respaldo evitara el contacto con la chica. Aun así su cuerpo reaccionó a su cercanía. "Duro. Malditamente duro" "No tienes idea lo mal que me lo haces pasar, pequeña ninfa provocadora"

Un juramento silencioso.

Insulto al cielo y al infierno por sentirse tan excitado ante la presencia de ella.

- Lo siento.- Susurró Isabella con abatimiento.

- Tipiar y atender el teléfono. ¿Es demasiado para usted? - Le susurró, desparramando su aliento sobre la mejilla de la joven. "Deseo lamerte y dejar un camino de besos sobre tu cuello" "¿Olerá tu coño tan dulce como el perfume de tu pelo?"

- Disculpe.- Dijo ella volviéndose a mirarlo.

Él sostuvo su boca a centímetros de sus labios. "Si ella llega a morderse el labio. No respondo de mí"

-Parece serlo. - Contestó con desprecio mientras miraba sus carnosos labios. "Sssss dulce"

Edward se alejó aterrorizado. "Control, control". Su mantra perdido.

- Disculpe.- Volvió a repetir la chica.

- ¡No se disculpe conmigo! ¿Qué pasa adentro de esa cabeza suya? ¿Qué es lo que tiene mal? - Disparó el abogado, antes de desaparecer por el pasillo.

Ella se tapó la cara con ambas manos. Sentía que una aplanadora, le había arrollado. Cerró los ojos, mientras intentaba controlar el jadeo profundo que se le escapaba del pecho. Comenzó a sorber por la nariz, conteniendo el llanto.

Antes de entrar a su oficina… Edward le escuchó.

Se detuvo.

Su mandíbula tensa. El golpe discreto contra la pared del pasillo.

La había hecho sufrir y él la quería gloriosa, fuerte, espléndida. No retorciéndose a punto de llorar. Tentándola a que huyera a cortarse para aliviar su debilidad. ¿Dónde estaba su meta de hacerla florecer? De hacerle conocer su propia fortaleza.

"¿Y la mía?"

Fue allí cuando lo decidió…

Cuando no sintió el portazo, ella giró su vista hacia donde él había marchado y tembló.

Temió un futuro sin verlo. ¿La despediría sin más?

Edward volvió sobre sus pasos.

- Venga a mi oficina y traiga esa carta y… Señorita Swan. Cierre la puerta del frente, con llave.

Ella se dirigió como una oveja al matadero. Con pasos pequeños y los hombres vencidos. Ni siquiera se esforzó por caminar elegante. Sus ojos apenas conteniendo las lágrimas.

- Ponga la carta en el escritorio. - Le ordenó el abogado, haciéndole entrar en la oficina.

Edward cerró la puerta y se aflojó el botón del saco. Su rostro no mostraba la más mínima emoción.

- Reclínese sobre el escritorio, mirándolo directamente. Ponga su cara muy cerca de la nota y léala en voz alta. - El tono de Edward Cullen era un tanto ronco y más grave de lo normal.

- No entiendo. - Musitó Bella, confundida.

- No hay nada que entender. - Dictaminó él y se acercó por detrás.- Ponga los codos sobre el escritorio, agáchese, ponga su cara cerca de la carta y léala en voz alta. - Ordenó el abogado parándose exactamente detrás de ella.

La posición tan vulnerable, asustó aún más a la muchacha que pensaba recibir el despido. No entendía lo que sucedía. Tal vez su Jefe se burlaría, diciéndole que era corta de vista, aparte de lenta. En tanto el abogado se deleitaba ante la visión de su secretaria recostada frente a él. Su pantalón se estrechó alarmantemente.

Necesitaba follarla. Fuerte y duro.

Pero lo que Isabella Swan necesitaba... era otra cosa.

- Lea. - Le dirigió él, mordiendo la palabra.

Isabella guardó su miedo y con voz algo temblorosa, comenzó a relatar:

- "Estimado Señor. Garvey: Le estoy agredecido por haberme encomendado…

La nalgada sonó inesperada y furiosamente brusca.

Ella jadeó por el dolor y la sorpresa.

Lentamente se giró a verle.

Bella tenía los ojos velados por un nuevo dolor. Un dolor físico ante el abrupto golpe. Edward la observaba hipnóticamente. La tentaba a responderle, mientras extendía su posesión en una intensa mirada que hacía a sus ojos de un color oscuro. Casi negro.

- Continúe.- Susurró el abogado mientras con la misma mano que la había golpeado, le recorría la curva del trasero en una caricia lenta y sensual.

- Aps..- Alcanzó a deslizar Isabella.

- Señorita Swan, lea. - Dijo el hombre en el mismo tono sugestivo y pausado.

- "… por haberme encomendado su ca…so…

Nalgada.

Ella suspiró un segundo y controló el tono de su voz.

El lugar del golpe le hormigueaba como si mil agujas le perforaran la piel, pero a su vez la caricia posterior deshacía el dolor en otra sensación más placentera.

- … El cautiverio animal… es un tema que me interesa desde hace tiempo… y mi secretaria preparó material de inves…

Nalgada.

Nuevamente la palma había descendido sobre el trasero de la chica, pero en el otro cachete. Edward sopesó la aprietes de la carne, mientras extendía su recorrido hacia la cadera contraria. "Dulce, niña mìa" Rugía en su interior, mientras se contenía por no llevar la caricia más abajo.

- … tigación… que creo que encontrará esclarecedor. Si fuera tan amable…

Nalgada.

Isabella jadeo con un sonido ronco y desencajado, pero continuó una vez más, mientras era consciente de como la mano del hombre se deslizaba por su trasero, como estudiando donde iba a descargar el próximo golpe. Sus pezones brotaron ante la anticipación…

- … de enviarme la carta del 5 de Junio de la que hablamos…mis colegas y yo la revisaremos de inme…

Nalgada.

Edward respiraba pesadamente. Los orificios de su nariz dilatados, las venas del cuello tensas por el esfuerzo de contenerse. La chica arqueó su espalda, como buscando nuevamente el castigo.

- … diato. Por favor llámeme a la mayor brevedad posible. Cordialmente Edward…

Nalgada.

Fuerte. Precisa. Estudiada. "Di mi nombre. Si." La boca del abogado se torció en una mueca orgásmica y blasfema.

- Edward … A. Culen."

Nalgada.

Ella levantó la cabeza abrumada por la sensación. El trasero le quemaba como un infierno, pero su coño se retorcía húmedo y deseoso de que la azotaina continuara.

- Léala de nuevo.- Susurró Edward Cullen seguido de un gemido ahogado y varonil.

Isabella fue consciente que esto le excitaba tanto a ella como a él.

- "Estimado Señor Garvey:

La nalgada sonó más fuerte. Su palma quedó sobre el trasero de Isabella, sobándola con una caricia posesiva.

"Ella no me está haciendo caso" Pensó él antes de descargar la mano otra vez.

Nalgada.

Ella dejo ir su peso un poco hacia adelante por la violencia del impacto. El jadeó

Nalgada.

- … Le estoy muy agradecido…

Nalgada.

Isabella enmudeció, mientras su coño suspiró un rio caliente que comenzaba a deslizarse por sus muslos. "Cielo Santo"

Nalgada.

El abogado acomodó su postura, abriendo más las piernas. Deseando liberar a su verga hinchada y dolida. Pulsando por enterrarse en el paraíso que tenía frente suyo. Vio el culito deseoso… meciéndose ante la anticipación y propagó un nuevo golpe. "Niña mala"

Nalgada.

La palmada fue más intensa, pero ella estaba más allá del dolor.

Largó un sonido ahogado. La voz ronca y necesitada de alguien que va encontrando el límite de su propio placer.

El abogado se mordió los labios mientras ubicaba el próximo ángulo para la descarga.

- .. por haberme encomenda…

Nalgada.

" No puedo respirar" Se decía Isabella rendida a la brutal caricia.

- … do su caso.

Nalgada.

"No..Sí, si" Su coño palpitó en una brutal anticipación.

- El cautiverio a a ani… mal…

Nalgada.

"Si, si…" Se dejó ir, mientras el último azote la levantaba levemente del suelo.

Descarnado, feroz. Edward Cullen en la más auténtica expresión de su naturaleza oscura.

Nalgada.

Isabella casi reía de la excitación.

Edward jadeaba sometido a un castigo tan intenso como el que le estaba propinando a ella. Estaba más allá de cualquier pensamiento razonable.

- …es un tema que me interesa…

Nalgada.

Nalgada.

Nalgada.

- … desde hace tiempo… - Alcanzó a decir ella, antes de rendirse en un gemido gutural.

Él se recostó sobre su espalda. La sensación era tan plena como si hubiese acabado en ella.

Jadeando a centímetros de su oreja. "Mía, dulce niña mia".

Su mano se apoyó con rudeza sobre el escritorio, rozando la mano de Isabella.

- … Y mi secretaria preparó material de investigación… que creo que encontrará esclarecedor"- Continuó Bella leyendo mientras completaba la orden de su jefe.

El halito caliente del hombre se filtraba por la tela de su blusa. Isabella se debatía entre la saciedad y la necesidad de que esto no acabara.

Edward deslizó el dedo pulgar en un movimiento suave y delicado por el dorso de la mano de ella.

Bella enlazó con el dedo meñique, el pulgar de él. Respondiendo con un temblor a su toque.

Él se levantó primero, acariciando su mano al levantarse.

Ella seguía recostada sobre el escritorio. Jadeando confundida. Necesitada. Apabullada.

El abogado caminó hacia el frente del escritorio y acomodó sus ropas antes de sentarse. Su verga descendía en la calma de una liberación que iba más allá de lo físico.

Ella le buscó los ojos y él no le rehuyó.

- Vaya y tipéela otra vez. - Ordenó el Jefe.

Isabella salió como un zombi. Sus piernas apenas le respondían. Las rodillas chocaban una contra otra, impidiéndole caminar en línea recta.

Fue al baño. Se bajó las pantys y las bragas blancas de algodón.

Su trasero lucía rosáceas enormes por todo el cachete. Pulsaban ante su tacto y supo que todo había sido real.

Su jefe la había nalgueado.

Entre tanto Edward Cullen, se repetía una y otra vez que se había excedido. Solo pretendía darle unas cinco nalgadas, por los cinco errores que había cometido en la carta. Iba a ser una azotaina controlada, pero su respuesta había disparado al sádico que tanto había querido ocultar. De repente se vio disfrutando del gemido auténtico de la muchacha. La droga dulce de su voz descontrolada, entre el punto exacto del dolor y el placer.

Perdió la cuenta de las nalgadas después de las diez primeras. Perdió la idea de moldear a la niña, mientras se deleitaba en las formas de la mujer. Perdió el control, pero no podía sentirse enojado. Solo malditamente avergonzado.

Isabella volvió a tipear la carta y se la llevó.

Él estaba sentado en el sillón grande mientras hojeaba un enorme expediente.

Ella se paró delante del abogado y permaneció casi por medio minuto delante de él, sin que éste se dignara a verla.

Le vio pasar una hoja, mientras humedecía su dedo para pasar un folio más.

Le dejó la nota a su lado. En el sillón. Pero aún él seguía ignorándola.

Volvió a pasar otra hoja.

Silencio.

Edward entendió que ella no iba a marcharse, a pesar de lo que había sucedido y aceptó que habiendo comenzado el juego, no había forma de que él pudiera volverse atrás.

Suspiró profundamente.

Isabella entendió que no iba a decirle nada. Y supo… Y aceptó que así iba a ser.

Luego fue a su escritorio y tomó un legajo. Se dirigió a la sala de juntas donde con lentitud comenzó a sacar las copias que requerían para el día siguiente. Sus manos se movían eficientes, accionando la fotocopiadora. Su rostro había vuelto a reflejar la serenidad acostumbrada, pero había algo en el mohín de sus labios…

Un atisbo de una sonrisa encubierta.

Misteriosa y profana.

Igual a la sonrisa de la Mona Lisa.

- Señorita Swan. Buena carta. Hasta mañana.- El abogado se asomó a la habitación, la observó por un segundo y luego se marchó.

Isabella no estaba segura, pero creía haber vislumbrado una sonrisa en el rostro adónico de su Jefe.

Bella suspiró complacida.

El camino a casa se le hizo más liviano que el día anterior. Llegó de buen humor e incluso intercambió varias palabras con su madre, mientras cenaban. Recogieron las cosas juntas e Isabella se ofreció a lavar los trastos. Su madre le dijo que sí, pero por el rabillo del ojo, le observaba maniobrar la cuchilla afilada, con cierta reserva.

De repente…

- ¿Mamá? Ya puedes sacar el candado del armario. - Expresó Isabella con voz firme, aunque dulce.

Renné dejó el repasador con el que estaba tallando la loza y se acercó a la espalda de su hija.

Con un gesto casi reverente, le puso ambas manos a los costados de los hombros y dejó escapar un sollozo. Le abrazó y Bella se dejó abrazar, mientras sonreía.

- Ay cariño. - Gimió su madre.

Al día siguiente, tomó un taxi por la 101 hacia la salida de Forks y se asomó a la baranda del rio Calawah.

Sacó del bolso el costurero y la caja que durante años contuvo su galería de instrumentos cortantes.

Estiró las manos por la baranda y por un segundo, miró al agua. Su único temor, es que esta no fuera lo suficientemente profunda para que la carga no volviera nunca más a ver la luz.

Dios no quiere que ningún niño lo encontrara. Nadie debería encontrarlos jamás.

FIN DE CAPITULO




2 comentarios:

  1. Fantastico Mirgru, te estaba siguiendo en fanfiction y no sabía que tenias este estupendo blog, estoy deseando leerte de nuevo, me tiene enganchada este jefe tan misterioso y las reacciones de ella. No tardes mucho por favor. Un beso

    ResponderEliminar
  2. Este comentario te lo había dejado en el otro sitio ... y aqui tb. lo hago.

    Fantastico Mirgru, ha cubierto las espectativas totalmente, no es nada facil plasmar algo así y que sea tan agradable de leer y ahora que? mmmm estoy deseando leer el próximo capítulo, estoy segura que nos vas a sorprender. Gracias por esta maravillosa e intrigante historia. Un besazo

    ResponderEliminar